Y hasta aquí puedo leer

«Y hasta aquí puedo leer»… Quién no recuerda esta enigmática frase acuñada por el ya recordado Chicho Ibañez Serrador. Con cinco palabras quedaba dictada la sentencia para las  decisiones personales ante la incógnita de la duda. Esa incertidumbre sobre lo que pasará y que nos engancha a diario buscando siempre la propia inseguridad en la mirada del que tenemos enfrente. Nuestro gran maestro del suspense y la producción televisiva sabía de esta psicología de andar por casa, la real como la vida misma, la que llevamos atada en los minutos de cada uno de nuestros respiros.

Y parece que muchas de nuestras instituciones quieren emular tal derroche de misterio que casi se convierten en arcanos declarativos a cual más turbador. Los tribunales de justicia llevan una temporadita optimizando la perplejidad ya no tanto de sus decisiones como sí de sus considerandos. Capaces de hacer una revisión histórica tan sui generis para realzar sus autos, que hasta a los estudiantes de esa pesarosa selectividad les ha llevado de cabeza por si tenían que variar algo de la historia aprendida. Es cierto que muchas veces nos acogemos reiteradamente a eso de que quien no conoce la historia se condena a repetirla, pero en este país siempre vamos más allá y nos saltamos algún que otro escalón porque siempre podemos fabular sobre nuestros propios inventos. Y tanto es así que hasta la máxima institución del Estado genera una inquietante fascinación, con jubilaciones forzosas de quien creíamos ya pensionado, para reobtener unos cuantos titulares donde cada uno interpreta las mil y una razones que pueden llevar a esta noticiosa coyuntura. Ya lo decía Oscar Wilde, «hay  solamente una cosa peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti». Esta estrategia al más puro estilo del marketing  moderno necesita de habladores de cuentos en los que, de manera inequívoca, se han convertido los medios de comunicación; esa pica necesaria para convertir cualquier cosa en la noticia más importante del día, provocando el zumbido colectivo del chascarrillo más brutal.

Tanto hablamos de posverdad y desinformación, de bulos o fakes, que nos hemos olvidado de verificar todo aquello que se produce en favor de un puñado más de likes o unos puntos más de audiencia, a pesar de los pesares periodísticos. Así tenemos este lodazal público donde se busca más la conmoción que la ilustración, dejando a la intemperie las certezas sobre los argumentos y los datos de los hechos.

Ya decía el canciller Otto Von Bismarck aquello de que «nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería». Y a pesar de superar este extenuante tiempo de multicomicios, parece que andamos en demasiadas guerras y seguimos con unas cuantas cacerías en marcha. De todo esto, digo yo, saldrá algo bueno, aunque sea una sosería intentar convencernos de ello. Pero sería importante mirar más allá de los árboles, tan robustos y dignos, para curiosear este bosque que tenemos delante de nuestras narices. Todo esto nos llevará mucho trabajo. Una forma nueva de enfrentarse a miles de mensajes diarios pero con la certeza de alcanzar ciertas o pocas exactitudes. Pero los otros, los de siempre, tienen una faena eterna, porque mentir lleva la penitencia de seguir engañando. Y como decía nuestro querido Chicho, «hasta aquí puedo leer…». Lo demás se lo dejo al buen lector.

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