Italianalizados

Fue Felipe González quien vaticinó -mayo, 2015- la italianización de la política española por la fragmentación del voto que acabó con la «exclusiva» que mantuvieron PP y PSOE alternándose en el poder desde la Transición. «Vamos hacia un Parlamento italiano, pero sin italianos que lo gestionen», ironizaba el expresidente.

Allí, en Italia, los resultados de las elecciones de 2018 señalaron el fin de la alternancia en el gobierno de coaliciones de centro derecha y centro izquierda, lo que el profesor Gianfranco Pasquino de la Universidad de Bolonia llama el fin del «sistema bipolar», y alumbraron un extraño «matrimonio de conveniencia» entre dos partidos de ambas extremas que, sin embargo, funciona.

En España los nuevos partidos también acabaron con el bipartidismo y ahora entraron todos en trance de negociación de acuerdos para conformar mayorías en el Congreso y en autonomías. Tengamos paciencia, esto va para largo. Salvo en ayuntamientos, hay poca afición a los pactos, como se comprobó hace cuatro años cuando hubo que repetir elecciones por «falta de italianos» que gestionaran aquel arco parlamentario. Pero la italianización también se percibe en la imitación que hacen los políticos españoles «prometiendo» en campaña. En Italia la ristra de promesas era tal que el Observatorio para las Cuentas Públicas de la Universidad Católica y el economista Perotti de la Universidad de Milán estimaban tendrían un coste insoportable para la economía italiana.

Aquí, en las recientes campañas el festival de promesas fue esplendoroso, desde reducción de impuestos, alquileres subvencionados, dentista y guarderías gratis, hasta blindar pensiones, renta básica, bajar edad de jubilación, semana laboral de 34 horas… Casi todo gratis para todos hasta convertir a España en Jauja, el paraíso imaginado por Lope de Rueda donde a la gente se le pagaba por dormir. Naturalmente, promesas sin memoria económica. Economistas solventes calculan que esas promesas supondrían un gasto público de tal magnitud que la economía no podría soportar y llevarían al país a la quiebra. Con razón dice el jurista Sagardoy que al lado de un político prometedor tiene que haber un contable.

Después de tantas campañas ya deberíamos saber que las promesas, en palabras de la alcaldesa de Madrid en funciones, son «sugerencias o meras reflexiones» y se hacen, decía el alcalde Tierno, para no ser cumplidas. Pero no escarmentamos, siempre hay incautos que se dejan engañar.

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