Pactos inciertos

Cuando las primeras elecciones locales del postfranquismo (1979) estrenaron los pactos postelectorales, a buena parte de la opinión pública le costó entender que pudieran llegar a gobernar quienes no habían ganado las elecciones. Y se preguntaba quién debería ser alcalde: si el que habían decidido los ciudadanos en las urnas o el que por su cuenta y riesgo acordaban a posteriori los partidos políticos.

Pero con el paso del tiempo se ha ido acostumbrado. El sistema pasó a ser consagrado por la ley electoral y de aplicación al resto de consultas electorales, fueran autonómicas o generales. Y en esas estamos, aunque con una intensidad e incertidumbre hasta ahora nunca vistas.

En las épocas del bipartidismo y de las pocas y grandes mayorías el proceso se resolvía con cierta rapidez y previsibilidad. Después vinieron las mayorías suficientes, algo más complejas de superar, pero dentro de un orden. Además, lo practicaba casi en exclusiva la izquierda. Por su parte, los gobiernos nacionalistas apretaban, pero resultaban manejables porque sus exigencias nada tenían que ver con las actuales locuras soberanistas. Eran otros tiempos.

La partida política que en abril abrió Pedro Sánchez al concentrar en un mes unas generales con investidura pendiente, unas autonómicas en doce comunidades y unas locales con importantes plazas en liza ha complicado enormemente las cosas. Y así estamos asistiendo a un poco edificante espectáculo de exigencias absurdas y de vetos cruzados y cambiantes según conveniencias. En no pocos supuestos ya no son sólo dos los agentes implicados en la eventual negociación, sino tres y hasta cuatro, habida cuenta de la fragmentación electoral.

Y por si fuera poco, se está produciendo un cruce institucional de problemático alcance. Me refiero al protagonizado por el PNV, quien acostumbrado a comer con éxito a todos los carrillos posibles, quiere aprovechar los acuerdos para la investidura del presidente del Gobierno de la nación para que el PSOE facilite que el Ejecutivo foral de Navarra -autonómico- siga en manos de los batasunos y no vaya a parar a donde debe: la derecha unida y ganadora en las urnas.

Quien está dando también su habitual espectáculo postelectoral es Ciudadanos. Es este un tiempo que no se le da nada bien al partido de Rivera. Ganó en Cataluña, pero su cabeza de cartel, Inés Arrimadas, ni siquiera se personó a gobernar; quedó tercero en Andalucía y pretendió hacerse con la presidencia de aquella comunidad; se aprovechó de los votos de Vox sin siquiera sentarse a hablar con Abascal. Y así sigue. En un mes ha pasado de oposición total a partido bisagra. Anda como pollo sin cabeza.

Nunca se ha hablado tanto de pactos como hasta ahora, hasta el punto incluso de que en campaña dejaron en muy segundo plano a candidatos y programas. Nunca, sin embargo, se encentran tan abiertos, inciertos e imprevisibles como en la actualidad. El galimatías a vivir va a ser espectacular. Muchos, juntos y revueltos.

Habrá que esperar a ver en qué queda todo. Las posturas iniciales suelen de ser de máximos. Pero me temo que por mucha capacidad y habilidad negociadora que demuestren los partidos y sus líderes respectivos, de cara a la gobernabilidad y estabilidad resultante el horizonte no pinta nada bien.

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