Carpe Diem

Decía Walt Whitmann, el poeta de la gente común, en su ya legendario Carpe Diem, aquello de que «no dejes de creer que la palabra y la poesía, sí pueden cambiar el mundo». Hermosa invitación a una necesaria cruzada en estos tiempos de limitación de caracteres, donde el mensaje , en muchas ocasiones, se convierte en simpleza de palabrerías. Hemos resumido tanto la comunicación que falsificamos las intencionalidades de todo aquello que nos dicen y cuentan, y presumimos puerilmente de quién da los mejores «zascas» en las controversias. Así transitamos en esta sociedad que tantas veces defiendo por vital interés personal, pero que al mismo tiempo interpelo ante tantos desvaríos de la necesaria convivencia.
No es poco importante encontrarte con el suicidio de una mujer ante el acoso sufrido por un estúpido vídeo propagado por ese testosterónico juego de las nuevas pandillas virtuales. Tampoco es gratificante observar, en palabras de aquellos que se dedican algún día de la semana a comentar e indagar en la creación de opinión, cómo se puede llegar a pasar de puntillas sobre la imprescindible dignidad de las personas justificando de perfil la propagación de este tipo de estiércol asocial por no sé qué comportamiento delirante de algunos de estos que se llaman los nuevos hombres y tan hombres. Posiblemente,  todos andamos un poco faltos de aquello que apelaba Whitmann de no abandonar las ansias de hacer algo extraordinario, quizás añadiendo que su falta nos puede llevar a las mayores dosis de vulgaridad. Toda una sinrazón propia de sociedades estúpidamente repugnantes.
Y en este quehacer diario, y tras la resaca de recuentos de votos que llevamos, sigue la jarana, siempre tan entretenida, de pactos, acuerdos, ganadores,vencidos, humillados, rupturas, dimisiones, autocrítica, silencios y bambalinas. Especialmente estas últimas, esas cortinillas que disimuladamente ocultan la ingeniería política que tanto nos sorprende en este dilema de la gobernabilidad.
Sinceramente, nuestros partidos políticos han reinventado una forma tan extravagante de hacer lecturas tan contrarias sobre los mismos hechos, que consiguen llevar al muladar la sana y democrática decisión popular. Ni todos ganan, ni todos pierden. Hay binomios porque existe la diferencia. Y sin esta aceptación real de los hechos, más que hacer poesía con las mejores palabras, desertamos de la posibilidad de hacer un mundo mejor. No sé si ese nuevo invento multicanal de los pactómetros nos está condicionando desde la misma noche de las elecciones a un auténtico torbellino de sumas interesadamente deseadas a costa de todo o de restar importancia al análisis de lo que, como siempre dicen, ha decidido la ciudadanía. Me resulta chocante que, actualmente, casi ya no importa quién ha conseguido el mayor número de escaños o concejales. No nos dejan ya ni la alegría o la preocupación sentimentalmente sobrevenida a partir de unos simples datos sumatorios. Es cierto que la importancia de los acuerdos reales podrá ser siempre enriquecedora, siempre y cuando los protagonistas reconozcan que algo de todos ellos se quedará inexorablemente en el camino para unir intereses desde los posibles puntos de encuentro. Reconozcamos que esa acción es la que demuestra los mejores índices de gobernabilidad democrática.
Con todo esto, algo nos queda todavía por alcanzar en nuestra formación como sociedad necesariamente política para hacer bien las cosas. Nos está quedando la recuperación muy anclada a pasados pesarosos para entender lo que nos queda por vivir. Por el momento el panorama sigue quedando borroso. Ya lo decía nuestro recordado poeta norteamericano: «el futuro no es más incierto que el presente». Y ese presente, a lo mejor, solo necesita de nuestro particular «carpe diem».

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