Acotaciones

** Aunque en los tiempos políticos que corren nada se puede dar por seguro ni de un día para otro, tal vez bien pueda decirse que con las elecciones del domingo España ha cerrado un largo y agotador ciclo electoral de cuatro años: tres generales con moción de censura por el medio, dos municipales, unas europeas y ocho autonómicas de diverso alcance territorial. Lógico es, pues, una no pequeña fatiga. 

​Ahora, el país tendrá por delante una tregua de cuatro años, hasta 2023, sin elecciones nacionales en el horizonte. Un tiempo para repensar muchas cosas, deshacer lugares comunes, afianzar liderazgos, ajustar bloques y equilibrios de poder, definir estrategias y renovar programas con atención a las nuevas demandas de un mundo en profundo cambio. Y todo ello, sin las urgencias de unas urnas que esperen a la vuelta de la esquina.

** Como salsa de todos los días nos quedará la sempiterna cuestión catalana, que viene de lejos, aunque agravada de unos años a esta parte con el auge del independentismo y el golpe de Estado de Junqueras y compañeros de viaje, cuyos máximos responsables están siendo juzgados, a ritmo encomiable, bajo la mano firme del juez Marchena y la dedicación casi full time del resto del tribunal. 

​Volveremos a asistir a las estrambóticas recogidas de actas por parte de los golpistas europarlamentarios electos, a la eventualidad de su personación en España  para tales efectos y a las no pocas dudas jurídicas que todo ello generará a la luz de una legislación que no pudo ni imaginar los escenarios del tiempo  kafkiano que vivimos.  Serán días de controversias legales y políticas, para cuyo manejo la pareja de socialistas catalanes que Sánchez ha puesto al frente de las Cámaras legislativas no augura nada bueno.

** De momento, la triple convocatoria electoral del domingo confirmó el ciclo positivo abierto para el PSOE, permitió al Partido Popular salir vivo tras el fiasco de las generales del 28-A, ratificó a Ciudadanos que no es ni de lejos el líder de la oposición, frenó en seco el crecimiento de Vox y certificó el declive de Podemos, el gran perdedor de la noche junto con las Mareas gallegas.

​Han sido, con todo, las elecciones del “pero” adversativo. Los socialistas fueron la opción más votada, pero no lograron hacerse con la pieza mayor que representaba la Comunidad de Madrid. Vox se desinfló, pero puede ser decisivo en algunas plazas. Esquerra Republicana gana a Colau en Barcelona, pero empatan en concejales. Victoria histórica del PSOE en Castilla y León, pero Ciudadanos tendrá la llave, lo mismo que en Aragón. La coalición de la derecha vence en Navarra, pero tiene difícil gobernar. El Partido Socialista gana en Canarias, pero sin una mayoría de izquierdas. Pero….

** Se abre, pues, un gran y complicado tiempo de negociación para tejer pactos postelectorales; unos acuerdos que en tan escasa medida respetan el veredicto de las urnas. Más que los electores deciden los partidos. Se trata de una anómala práctica iniciada ahora hace cuarenta años con las primeras municipales del postfranquismo y que tan copiosos frutos ha rendido a la izquierda. La derecha se ha sumado al juego por causa de fuerza mayor: porque no se puede competir si no se cuenta con las mismas cartas. 

** Algún comentarista ha puesto de relieve la mala uva que el domingo por la noche se le puso a Sánchez. Y no fue por la pérdida de la ansiada plaza madrileña, sino  porque el desfondamiento de Vox en tiempo récord era para él  una mala noticia. Y es que ya no podrá agitar tan útil espantajo. O al menos no podrá hacerlo con la misma justificación que durante la campaña.

** Y ojo a Ciudadanos. No resulta ni mucho menos claro que apoye al resto de fuerzas de la derecha cuando sea preciso sumar. Rivera está en otra guerra. Como se dice en términos futbolísticos, esta no es su Liga.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar