Otro mundo, otra Europa

Se han cumplido 69 años de la llamada Declaración Schuman, en la que el 9 de mayo de 1950 el entonces ministro de Exteriores de Francia puso los cimientos de la integración europea. Se pensó que gestionando en común el carbón y el acero se haría imposible la guerra en el continente y que se iría abriendo un camino, como así ha sido, de largos años de paz y prosperidad sin precedentes.

Pero el mundo es hoy radicalmente distinto al bipolar de hace casi siete décadas. Distinto también al de hace diez años, cuando estalló la crisis financiera, e incluso al de 2014, cuando Trump no era presidente, los británicos no habían votado el bréxit, no se había producido la avalancha migratoria y todavía China no era considerada como rival sistémico o total.

Un mundo interconectado e interdependiente, con nuevas tensiones geopolíticas entre países de talla continental. Moscú sigue ejerciendo su poder en su antigua esfera de influencia y se abre una nueva etapa de proliferación nuclear entre Rusia y Estados Unidos y de forcejeo arancelario entre este último país y China, sin olvidar el hipotético rearme atómico iraní.

El régimen de Pekín, por su parte, trata de expandir su influencia empresarial en el Índico, en África y en algunas naciones de Europa y aspira a diseñar geopolíticamente el mundo de mañana con la llamada nueva ruta de la seda, esto es, el megaproyecto estrella de su política exterior basado en la construcción de gigantescas infraestructuras y nuevas vías comerciales.

Un mundo, en definitiva, con una volatilidad, incertidumbre y complejidad sin parangón desde el fin de la segunda guerra mundial, donde lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer. Uno de los momentos estelares de la Humanidad que Stefan Zweig añadiría sin duda a alguno de sus celebrados libros.

Pues bien: ante este panorama de cambio radical la UE no puede permanecer indiferente. En 2030, por ejemplo, ninguna economía europea estará entre las siete con el PIB a nivel mundial más elevado. La población (500 millones; sólo un 7 por ciento de la mundial) no habrá crecido, pero sí envejecido, mientras India y China rondarán los 1.500 millones de almas.

De acuerdo, pues, con la tesis del candidato y todavía ministro en funciones Josep Borrell, sólo una Europa más unida puede influir en la gobernanza mundial para reforzar la multilateralidad, asegurar su identidad y construir sociedades abiertas, pero a la vez cohesionadas como antídoto contra el extremismo populista.

A confirmar estas políticas con su voto en las urnas están –estamos- llamados el domingo que viene los europeos comunitarios. Serán las octavas que en nuestro país se celebren. Y habida cuenta de su coincidencia con autonómicas y municipales, se espera una mayor participación que el raquítico 43,81 por ciento de hace cinco años, la más baja del ciclo histórico.

Bruselas ya no queda políticamente tan lejos. Sus decisiones están cada vez más presentes en la vida española como en el resto de los países miembros. En el quinquenio que acaba de finalizar fueron aprobados más de setecientos actos legislativos que sirven de marco y condicionan las legislaciones nacionales.

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