Compostela en la encrucijada

LA memoria del urbanismo es terriblemente frágil para quienes lo habitan. Tendemos a considerar eterno lo habitual aunque llevemos poco tiempo disfrutándolo. Esta es la principal ingratitud con la que tropiezan los gestores municipales. De casi nada le sirven las primeras piedras o las inauguraciones cuando llega la hora de obtener recompensas en las urnas. La protesta o el descontento siempre pueden más que los logros.

Compostela en las décadas anteriores a los ochenta soportaba la herencia medieval y la decadencia de una ciudad levítica incapaz de entrar en la modernidad. La llegada a Rajoy del socialismo pragmático de Xerardo Estévez y Xosé Sánchez Bugallo, y casi tres décadas de esfuerzos y planeamientos, convirtieron a la capital de Galicia en un referente urbano nacional e internacional. Sin perder sus tradiciones, sin caer en los brazos de la especulación, sin ceder a los desafueros del desarrollismo, recuperando el patrimonio y dotándola de infraestructuras útiles, la ciudad llegó al siglo XXI armada de fuerza y modernidad.

En el camino quedaba el mérito de haber conseguido el título de Patrimonio de la Humanidad, de liderar el grupo de ciudades españolas con este emblema, de ser considerada ejemplo por la ONU, de edificar contenedores culturales y sociales, de multiplicar los espacios y terrenos comerciales, industriales y sanitarios, de atraer el turismo internacional y de romper el aislamiento con la apertura de vías de comunicación por tierra y aire adecuadas y eficaces. Y, además, Compostela llegó a ser el principal referente cultural y universitario del noroeste peninsular.

El premio a todos esos esfuerzos de los gobiernos socialdemócratas de Estévez y Bugallo fue la pérdida de la alcaldía por un puñado de votos, que no llegaron a la veintena. En mayo de 2011, con el triunfo de la derecha liderada por Conde Roa, todos los planes de progreso quedaron en suspenso sin ninguna alternativa sobre la mesa, excepto el archivo sine die de interesantes iniciativas en marcha. En cuatro años de convulsiones, con tres alcaldes sucesivos del PP en precario, la ciudad echó el freno.

El siguiente mandato se abrió con el aire nuevo de En Marea. Pero el viento solo trajo humo falto de un nuevo proyecto de ciudad. Non han conseguido ser ni continuistas ni innovadores. Compostela exige mucho más que buena voluntad y cambio de imagen. Y, para colmo, en estos ocho últimos años, las discordias políticas han sobrepasado las concordias.

Esta semana electoral Santiago de Compostela se encuentra de nuevo en la encrucijada. Y, fíjense como de parado está el reloj, que en los planes de los contrincantes volvemos a escuchar las mismas propuestas interrumpidas o apartadas en 2011. Las viviendas sociales, la remodelación de la plaza de Galicia, la estación intermodal, el suelo industrial, los planes de turismo de calidad, el diálogo con la Universidad, la habitabilidad del rural, los servicios sociales, el cierre del periférico… No solo hemos perdido casi una década en lo local, sino también el liderazgo en Galicia y la proyección nacional e internacional. Incluso hemos dejado de ser ese ejemplo de consensos representado por el Obradoiro, donde dialogaban sin vocerío el Municipio y la Xunta desde Raxoi con la Iglesia, con el turismo protagonizado por el Hostal y con la Universidad. Visto lo visto, en esta encrucijada, conviene recuperar la memoria.

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