Las ciudades del cambio

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Lo más que se puede decir de ellas es que no han funcionado. Y lo menos que se debe recomendar a los electores de una u otra manera afectados es que cuando el domingo depositen su papeleta en la urna lo hagan para rescatarlas y recuperarlas de la paralización y deterioro en que se encuentran. Habrán de pensar para ello en una alternativa eficaz, útil, que no desperdicie votos y fiable, de modo que en virtud de pactos postelectorales la opción elegida no termine en beneficio de quien no se quiere.

Los alcaldes del cambio han hecho en general a sus respectivas urbes más incómodas, más sucias, más inseguras y, sobre todo, menos dinámicas de lo que no hace tanto fueron. El caso de Barcelona es paradigmático. Desde hace ahora cuatro años la activista social Ada Colau ha gobernado con sólo 11 (un 25,21 por ciento de los votos) de 41 concejales y sin haber sufrido moción de censura alguna. Hoy –dicen quienes la padecen – la ciudad está más descuidada y falta de la debida tranquilidad que nunca.

En 2018 las denuncias por delincuencia alcanzaron, en números redondos, los 194.000 casos; es decir, un 17,2 por ciento más que el año anterior. Hurtos callejeros, robos en domicilios, desórdenes públicos generalizados desde las céntricas Ramblas, donde cada tramo está controlado por una mafia distinta, hasta las aceras que bordean el frente marítimo, donde el top manta campa a sus anchas. Por no hablar de las crecientes dificultades de movilidad. La gran promesa de Colau de solucionar la falta de vivienda, se ha quedado en humo.

¿Y qué decir de Madrid? Manuela Carmena ha sabido identificar algunos de los problemas de Madrid, pero no ha sabido resolverlos. Además, la veterana alcaldesa ha sido sectaria. Sólo ha querido ser alcaldesa de sus correligionarios. Ella y su equipo han gobernado –se insiste- con un desequilibrio insultante a favor de los de su cuerda, fueran personas, partidos, asociaciones o empresas.

Lo curioso de la situación es que no hay que ir lejos para anotar que no pocos de esos malos ejemplos los tenemos aquí, entre nosotros, aunque algunos de ellos en menor medida, como no podía ser de otra manera habida cuenta del tamaño de las respectivas ciudades. Pero lo cierto es que los alcaldes del cambio más emblemáticos (Ferreiro / Coruña, Noriega / Santiago y Suárez / Ferrol) no han funcionado ni respondido a las expectativas que hace cuatro años suscitaron. Han sido también sectarios y, sobre todo, ineficaces.

A Coruña, en concreto, es una ciudad paralizada, sin dinamismo ni ilusión, gobernada por aficionados y gentes con escasa experiencia gestora. De su acceso al palacio de María Pita habrá que culpar al Partido Socialista, que fue quien prestó sus escaños y quien mal que bien ha venido manteniéndolos vivos.

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