¿Pero qué es el centro?


El centro político parece ser un espacio tan deseable como disputado desde la perspectiva electoral, dado que hoy en día toda formación política que tenga aspiraciones es de una u otra forma de centro, ya sea centro-derecha, centro-izquierda, centro-puro, centro-progresista, centro-democrático…

Este espacio intermedio representa un lugar común tan untuoso y resbaladizo como la mantequilla, pues no solo no reduce lo más mínimo la diferencia entre derecha e izquierda, sino que su moderada pretensión de definirse como una propuesta que rehúye los postulados de una y otra, presupone la existencia de ambas. Así, de todas las cuestiones torturadas por el tópico, no hay otra más reiterativa que la discusión sobre si tiene el centro una ideología propia o es sólo una posición estratégica.

Mientras algunos sociólogos como el profesor de Berkeley George Lakoff afirman que “el centro ideológico o político no existe”, pero sí existen lo que llama “biconceptuales”, personas que en algunos aspectos son conservadoras y en otros progresistas. Otros como Narciso Michavila, argumentan que “los partidos políticos buscan identificarse como una fuerza de centro para transmitir una imagen de moderación con la que entrar en la batalla del sentido común, dejando la irracionalidad en los extremos”. Así, los partidos con vocación de gobierno, insiste, “no tienen más remedio que estar en el centro y atraparlo todo”.

La defensa del centro como espacio político con perfil característico, se ha llevado a cabo en las últimas décadas por el llamado centrismo radical, etiqueta tras la que se introducen nociones como la necesidad de equilibrio fiscal conjugable con un marcado perfil a favor de políticas sociales, reforma de las instituciones o la defensa del rol del Estado como garante del interés general.

Mariano Torcal, en su documento “El significado y el contenido del centro ideológico en España”, de la Fundación Alternativas, defiende que el centro se caracteriza por mayores niveles de educación, información e interés por la política. Así como, un talante más reflexivo, y un votante menos movilizable por la identificación partidista y más por la explicación de los posicionamientos en temas de interés.

A veces, también el centro político, ha sido considerado como algo situado en terreno de nadie, sin fundamentos filosóficos e ideológicos determinados, con propuestas tan volubles como el propio signo cambiante de la sociedad. Esto hace que se corra el riesgo que Margaret Thatcher enunciaba: “estar en el centro de la carretera es muy peligroso; te atropella el tráfico de ambos sentidos”. En cualquier caso, en el campo económico, combina el liberalismo propio de los partidos de derecha, la libre empresa, la competencia de los mercados, con el intervencionismo selectivo del Estado en algunas de las grandes áreas sociales como la educación, la sanidad o el reparto social propias de la izquierda.

Podríamos decir, sin ánimo de disgustar a los que creen en este centro político, que en la mayoría de las ocasiones se gobierna mirando a la derecha o la izquierda para saber lo que se debe hacer, y eso demuestra poco o nada de criterio propio por lo que, casi siempre, los errores se pagan en las urnas, ya que a los ciudadanos les agradan las políticas centristas pero se cansan rápidamente de las mismas y vuelven a votar a partidos con ideología liberal o socialista.

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