Reinserción y soledad

Los tres personajes principales de la película son Andy Dufresne, Ellis Boy, ambos presos, y el alcaide Norton, interpretados por Tim Robbins, Morgan Freeman y Bob Gunton. Sobre ellos gravita el peso de la historia principal donde la injusticia, la astucia, la corrupción y la venganza componen un retablo ejemplarizante sobre los errores del poder judicial y las miserias del mundo carcelario. Pero hay un cuarto individuo, Brooks Hatlen, un casi anciano interpretado por James Whitmore, moviéndose por la cinta con un carrito de libros para prestar a los presos y administrando la biblioteca de la prisión, quien acaba convirtiéndose en un cruel e inhumano retrato de la sociedad moderna.

La peli es “Cadena perpetua”, guionizada y dirigida por Frank Darabont sobre un relato de Stephen King. La trama principal resulta tan rocambolesca que, aun atrapando, no convence por su juego de buenos ganadores y malos perdedores. La salva y condena el viejo Brooks, quien al salir de la larga reclusión decide suicidarse, incapaz de soportar la tristeza e inadaptación a la vida en libertad. La cinematografía americana está plagada de películas sobre la dureza de los presidios y las injusticias pero, como en esta, rara vez se detienen en el drama de la inadaptación del recluso reinsertado. Como tampoco sucede en la vida real.

El pasado domingo un penado de la prisión de Huelva, como el viejo Brooks, no quería abandonar el establecimiento, donde de sus 56 años de vida llevaba 20 recluido, y se cortó el cuello. Según sus declaraciones, “no tenía dónde ir”. Según la normativa, la liberación cumplía con todas las reglas y parámetros establecidos e, incluso, el individuo contaba con una cuenta corriente solvente. Pero fallaba un eslabón: la realidad anímica del ciudadano. El miedo a la soledad.

No he leído ni escuchado una sola noticia o comentario apiadándose del aterrorizado convicto. En todas se le trata con incomprensión y paternalismo. Como si quienes estamos instalados en este otro lado de la infelicidad fuéramos más afortunados. Como si cada día miles de personas, cuando abandonan el refugio o calabozo de su hogar no estuvieran sintiendo el mismo pánico ante las horas de rutina, de opresión, de deseos, de estrés… sin saber cómo salir de esta trampa, que nos hemos construido, adaptados a estar dentro del sistema sin redención.

Para el recluso de Huelva la prisión había dejado de ser una condena. Era un antídoto contra la soledad y fuera de ella prefería el suicidio -no logrado-, o cometer una nueva fechoría para retornar. De nada le sirven los 13.000 euros acumulados, ni las manos tendidas de las ONGs. Al liberarlo le han roto su hábitat, le han privado de la sensación de protección alcanzada entre los muros del penal. Seguramente allí el desamparo era más llevadero para él.

Apagada la luz de la pantalla, abandonadas las butacas del cine, el viejo Brooks Hatlen se ha reencarnado en Huelva para continuar gritando contra quienes consideran que la reinserción se consigue con un buen comportamiento entre barrotes, unos billetes en el banco y unas caridades fuera. Aquí donde la soledad puede resultar terriblemente abrumadora.

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