Esperando a Selene


Decía el periodista internacional Ryszard Kapuściński que «el trabajo de los periodistas no consiste en pisar cucarachas, sino en prender la luz para que la gente vea cómo corren a ocultarse». Tal vez, esta actitud sea nuestra batalla infernal que libramos a día de hoy y que viendo el resultado acabaremos devorándonos entre todos. Como cada año, celebramos el día internacional de la Libertad de Prensa. Y, nuevamente, las diferentes asociaciones del gremio esgrimen los datos más desastrosos de este oficio calificado tantas veces como «el más bello del mundo».

En cierta medida, los periodistas hemos adornado en demasía esta actividad obrera de alumbrar entre tanta oscuridad, pasando a ser parte de esa bichería en la que hemos convertido esta sociedad tan escéptica de valores. Será por ello que el legendario reportero polaco catapultó una de las frases más repetidas en los círculos opinantes de nuestra sociedad cuando decía «que para ser periodista hay que ser ante todo buena persona». Y así nos encontramos, entre las bambalinas de todos los problemas posibles para seguir dejando el escenario a los poderes económicos e ideológicos que siempre han reinado en el templo de la oratoria de las redacciones.


Gracias a este devenir de la profesión, reconozcamos que hemos perdido el candil lunar de la diosa Selene con el que se podía prender la credibilidad de quienes nos escuchan. En lugar de clarificar hechos y realidades, hemos pasado a cacarear los dimes y diretes de cada extremo sin plantearnos, tan siquiera, su veracidad, iniciando el camino en el que nos han tomado la delantera las redes sociales, más numerosas y muchas veces cobardes, con experimentos varios de bulos y desinformaciones que tanto alimentan la radicalidad de los errores.


En esta aldea global que tanto adolece de infiernos y paraísos, siguen dominando este imperio los mismos que anteponen los intereses colectivos de algunas minorías, amortiguando cualquier paso hacia las cloacas donde remueven su existencias las cucarachas de siempre. Y en ese punto encontramos tantos argumentos como el y tú más, los veredictos de parte, la manipulación de cualquier tipo de dato social o económico, el descrédito imperativo del contrincante o la desafección que, cada vez con más afectación, tenemos hacia la realidad que nos acecha.


No estamos en nuestros mejores tiempos, pero tal vez sí que nos encontramos con mejores condiciones para curarlos. La inmediatez del movimiento comunicativo aumenta nuestra capacidad para reaccionar y corregir más de una mentira. Posiblemente sea un compromiso de periodismo ciudadano más cercano al oficio y con el necesario compromiso social. Mientras tanto, y a diferencia del dicho del cobarde, el último que encienda la luz; esa luz que nos separe perdurablemente de la oscuridad como principio de un mundo intelectivamente compensado, y por la que parece que seguimos luchando para ahuyentar, sin mucho éxito, a los gusarapos parasitantes de siempre.

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