Acotaciones

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** Impresiona ver el mapa electoral de España teñido de rojo, color del Partido Socialista ganador. Y asombra más si se recuerda el casi todo azul resultante de las no tan lejanas elecciones de junio de 2016. Más de uno no entiende mucho estos espasmódicos movimientos del cuerpo electoral que no atisban ni los más minuciosos sondeos. Pero es lo que hay.

Tras el recuento de las urnas del domingo, de las 52 circunscripciones electorales el Partido Popular ganó sólo en cinco de ellas: Lugo y Ourense en nuestra Galicia; Salamanca y mi Ávila natal, más la ciudad autónoma de Melilla. No ha sido un temporal. Ha sido todo un tsunami, que muy probablemente se repetirá en las autonómicas de dentro de un mes, como ha sucedido en otras ocasiones. En tan pocas semanas no hay tiempo ni para recuperar el resuello.

Bastante tendrán Casado y el PP con parar a un desquiciado Rivera que, habiendo sido tercero, ya se ha autoproclamado jefe de la oposición. No le arriendo la ganancia a quien tenga que pactar algo con él. Tercero también en las urnas andaluzas de diciembre último, ya entonces su número uno allí se erigió en presidente in pectore de la comunidad.

** El hecho es que la debacle ha superado los peores augurios: el PP se deja en el camino nada menos que 3,6 millones de votos y 71 escaños; se queda sin la mayoría absoluta en el Senado; pierde por primera vez su histórica hegemonía en Galicia; reduce a la mitad su presencia de Madrid, donde el PSOE cosecha la primera victoria en la Comunidad desde hace algo más de 30 años; algo similar le ha sucedido en Valencia; desaparece en el País Vasco; en Cataluña se queda con sólo la intrépida Álvarez de Toledo. Y así sucesivamente.

¿Cómo explicar la desfeita? La fragmentación de la derecha contra la que tanto habían clamado el propio Casado como el presidente Feijoo ha jugado enormemente en su contra. Donde ha ido junta, como en Navarra, la iniciativa ha funcionado. Por otra parte y como dice el refrán, Vox ha hecho un pan con dos tortas: no satisfizo sus particulares expectativas, pero movilizó a la izquierda, puso en fuga hacia Ciudadanos a no pocos potenciales votantes populares y restó otros tantos al PP. Tampoco hay que descartar la invocada derechización del PP. Ya se sabe que en este país todo lo que suene a derecha es hoy recibido con recelo.

** Cuando a alguien todo le sale rematadamente mal, suele decirse que le ha mirado un tuerto. Es lo que le ha sucedido a Pablo Casado durante la campaña: declaraciones de candidatos de cabecera magnificadas y sacadas de texto y contexto por la izquierda política y mediática; improcedentes golpes bajos por parte de quien pasa por ser tu compañero de ruta, como los propinados por Rivera en los debates electorales; tránsfugas vengativos a tres días de las urnas.

Hasta el día en que colocó en el exterior de Génova el cartel de “Valor seguro”, se le desprendió parte de la fachada de la sede del partido. ¿Mala campaña? A toro pasado es fácil decirlo. Pero lo cierto es que en medio de tanta incidencia y obligado a estar casi siempre a la defensiva le ha resultado harto difícil, por no decir imposible, colocar algún mensaje.

** A los organizadores de la pobretona manifestación de Colón les ha salido el tiro por la culata. Partido Popular, Ciudadanos y Vox se olvidaron pronto de ella. Ya alguno, como el cuestionado Rivera, se hizo a regañadientes la foto conjunta. Mientras tanto, Sánchez, Partido Socialista e izquierda en general la han aprovechado a tope para aventar con ella el miedo al partido de Abascal y arremeter contra las “tres derechas” en reiterada referencia al supuesto peligro que sobre el país se cernía. A eso se llama también dar con facilidad la vuelta a la tortilla.

** No parece muy de recibo que mientras por instrucción de la Junta Electoral a Administraciones, partidos y candidatos no se les permite ni inaugurar una modesta fuente en tiempo de campaña oficial, el Gobierno de turno sí pueda celebrar Consejos de ministros, adoptar acuerdos y hasta disponer a su antojo del BOE incluso en la propia jornada de reflexión.

Así porque en virtud del artículo 21 de la ley del Gobierno (50/1997) el Ejecutivo cesa “tras la celebración de las elecciones generales y continúa en funciones hasta la toma de posesión del nuevo”. Es decir, que hasta ultimísima hora puede gobernar y de paso hacer campaña desde Moncloa, tal como dijo que haría e hizo Pedro Sánchez. ¿No habría que reformar todo ello en aras de una mínima igualdad de oportunidades?

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