Última encuesta


MI amigo Rogelio se queja de que en cuarenta años de encuestas electorales a él no le han llamado nunca, jamás le han preguntado por sus preferencias, por el recuerdo del voto anterior, por la intención presente. Tiene, dice, todas las respuestas en su mente, perfectamente ordenadas y calibradas para inducir al acierto o a la confusión, según le interese en cada momento. Incluso se duele de ver cómo a la salida del colegio electoral, aunque merodee a los encuestadores, tampoco se fijan en él. No les interesa saber a quién ha votado o dejado de votar.

– Pertenezco a ese amplio sector del voto ignorado que finalmente determina la realidad -dice.

Hoy Rogelio, como usted y yo decidirá el futuro de España, un nombre ampliamente pronunciado en vano durante esta extraña campaña, con semana de pasión intercalada, eclosión del fosilizado huevo de la extrema derecha, desahuciadas del centro las otras dos derechas con el mismo dolor de quien se arranca la uña del dedo sin anestesia, mientras las dos izquierdas, en un concierto inédito, se han hermanado hacia un destino en común.

Hoy es el día de la última encuesta, el tópico de «fiesta de la democracia» se ha quedado obsoleto. Igual que la idea de cambio, aquella con la que el socialismo llegó al poder en 1982 para transformar y erradicar los restos de la dictadura, ahora se ha reducido a un simple «cambio de caras». El discurso es paupérrimo, miserable, para merecer un análisis que vaya más allá de lo casual. El concepto de cambio se ha hecho simbiótico con el de «echar a…», «expulsar a…». Y sin embargo debajo de tanta volatilidad sí existe una verdadera confrontación de dos modelos de sociedad en los que perviven las filosofías de derechas y de izquierdas. El bipartidismo sigue vivo y los nacionalismos mantienen el pulso mientras las tendencias rupturistas han sido absorbidas por el viejo sistema.

Sin embargo, para el imaginario popular casi nada ha vuelto a donde estaba antes de la indignación del 15-M de 2011. Nada ha vuelto a antes de ayer porque las mecánicas sociales y los instrumentos de comunicación sí han cambiado. En tan poco tiempo la sociedad y las claves electorales han sido despojadas de los iconos del viejo sistema. En esta campaña general semejante realidad se ha puesto de manifiesto con el triunfo de la mentira, con la torpeza de los debates, con el empuje de las redes sociales y la telemática, y con la pervivencia de una trasnochada Ley electoral, que deberá ser cambiada por el nuevo Parlamento sin dilación.

De estas elecciones y su campaña, cuando el tiempo despeje la hojarasca seca, para analizar nos quedará el recuerdo del terrible quebranto de la derecha, que parecía sólida, irrompible y capaz de sobrevivir a todas las galernas. Nos quedará la imagen pragmática de los nacionalismos estoicos. Nos quedará el retrato en sepia de los independentismos imposibles. Y nos quedará el retorno de la socialdemocracia enarbolando la bandera de la utilidad como alternativa de futuro.

Mi amigo Rogelio sabe que en la última encuesta de hoy sólo existen dos respuestas con las que alimentar dos alternativas de convivencia para este país llamado España: o el modelo de la derecha o el modelo de la izquierda. El resto son aditamentos que ayudan o entorpecen según sople el viento.

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