La moneda más cara


Y por fin parece que se hizo, ahora sí, el silencio. Después de una incesante campaña electoral de meses, por no decir permanente, los políticos descansan y los ciudadanos respiramos en quietud. Y como en otras ocasiones, decidiremos pasar el domingo con la importancia democrática de sabernos con las manos libres para depositar el voto que siempre debería ser motivo responsable de nuestro futuro. Nos quedan por delante días de tensiones aritméticas, análisis sobre lo que no predijeron las encuestas y la incertidumbre de un nuevo gobierno para los próximos años. Casi sin respiro, tendremos la revancha con las próximas elecciones municipales y europeas y, en algunos casos, autonómicas, por lo que será bueno aprovechar estas pocas jornadas silenciosas que nos regala nuestra obsoleta ley electoral.
Pero además del esfuerzo de titanes que hacen las formaciones políticas, también sería el momento de saber si nosotros, como electores, hemos hecho nuestro esfuerzo de saber quiénes y cuáles son las propuestas que nos ponen en las papeletas. Si hemos sido capaces de instruirnos democráticamente en los principios que nos rige la obligación de elegir con responsablidad y de acuerdo a nuestro pensamiento. Si hemos sido competentes para analizar con certidumbre las formas de gestión económica tras lo aprendido en la última crisis que sufrimos todos. Si somos conscientes de que lo único que vale la pena son las personas que caminan a nuestro lado, sean del origen y la condición que sean, y si hemos sabido anteponer los derechos de todos para seguir trabajando por un estado solidario y distributivo.
Durante estos intensos días de final de campaña se han quedado en las colas informativas muchas noticias que hace tan solo unas semanas habrían sido motivo centrípeto de análisis sesudos por parte de los opinadores profesionales. Las crisis que se están viviendo en países bien cercanos parecen haberse evaporado al calor de estas elecciones que nuevamete vuelven a ser calificadas como cruciales en tiempo y forma. No es la primera vez. Siempre tenemos importantes motivos para pensar que cuatro años es mucho tiempo de oportunidades y derechos sociales que pueden marcar nuestra propia vida. Demasiado lapso para regalársela a la incertidumbre o arriesgarnos en retrocesos que puedan cambiar nuestra estructura política y vital.
Mientras tanto, y a excepción de los forofos de cada una de las siglas de nuestras formaciones políticas, tendremos la oportunidad para repensar nuestro futuro inmediato y obtener una buena respuesta a lo que queremos y deseamos. En esta era de la desinformación y de tanto fake en movimiento, sería importante premiar a quienes no se envuelven en mentiras repetitivas y ofrecen propuestas justas que impliquen a todos los colectivos. Ya lo decía Nelson Mandela, «una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada». Una reflexión que podría ser motivo de epílogo para seguir respetando nuestra estimada carta constitucional que tantas veces olvidamos y que simplemente se saca a pasear con una correa interesadamente reduccionista. Ya lo apuntaba nuestro Francisco de Quevedo: «las palabras son como monedas, que una vale por muchas, como muchas no valen por una». Tal vez, por eso, sea el tiempo de la palabra justa e imprescindible, la que no nos salga muy cara porque la moneda ya esté echada.

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