Voto reflexivo

Siguiendo la doctrina de conocidos constitucionalistas, en una jornada como la de hoy parece oportuno recordar que en sistemas democráticos como el nuestro las elecciones tienen, entre otros, dos indisociables objetivos: representar al cuerpo electoral y conformar mayorías de gobierno.

Todo ello –dicen- está tan vinculado que unos comicios que no sirven para constituir gobiernos dejan de cumplir una de las funciones esenciales en los regímenes parlamentarios, aunque sean muy representativos y dejen felices a los electores por haber ejercido el libérrimo derecho que les asiste a votar a quienes lo han hecho.

No sé, con todo, si en estas latitudes nuestras y en estos momentos el común de los votantes es muy consciente de los efectos sobre la gobernabilidad de la papeleta que deposita en la urna. Recordatorios próximos tiene varios y elocuentes, como lo sucedido con la convocatoria de diciembre de 2015 que dio paso a la undécima legislatura, la más corta -111 días- del actual periodo democrático y la más breve también desde 1923.

Desaparecido el bipartidismo con la emergencia de nuevos y notables partidos, no fue posible la investidura y por mandato constitucional hubo que hacer un nuevo llamamiento a las urnas. La paralización, inestabilidad e incertidumbre que todo ello supuso no están, como digo, tan lejos.

No obstante, en las actuales circunstancias existe, si cabe, un mayor peligro si a la gobernabilidad y a la gobernación inmediata se mira. Y es que en el ámbito de una sociedad crispada e inquieta no tanto por la crisis económica como por la crisis institucional y la falta de credibilidad para con la clase política; con los efectos todavía vivos del golpe de Estado en Cataluña y de la negociación mantenida con sus responsables; salidos de una oportunista moción de censura que de constructiva ha tenido poco, por no decir nada, y metidos como estamos en un rígido marcaje derecha/ izquierda que parecía superado, tengo para mí que el indispensable voto reflexivo bien puede dar paso al voto del desahogo. Y en tal tesitura cualquier cosa puede ser posible, valga la redundancia.

No he creído mucho en el alto porcentaje de indecisos que han venido marcando las encuestas y en el que los partidos han machacado para mantener la movilización electoral. Más que voto no decidido, bien puede haberse tratado de un voto oculto por recelo al qué dirán.

Los debates televisivos –creo- más que convencer a dubitativos lo que han hecho ha sido confirmar a decididos. Y en todo caso, alentar, sin pretenderlo, el voto del desahogo; ese voto a “lo que me pide el cuerpo”, sin mirar más allá; sin reparar en sus consecuencias. Esto es, sin considerar la gobernación o, lo que es lo mismo, la opción más fiable y realista para resolver los grandes y complejos problemas pendientes.

El ciudadano de a pie detesta cada vez en mayor medida las peleas entre partidos; los rifirrafes que tanto, sin embargo, gustan a los medios. Y de ello ha habido bastante tanto en la larga precampaña como en la propia campaña. Mucho ruido y poco ejemplo.

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