Portugal


            Hace 45 de la Revolución más hermosa. Todas lo son, pero esta la protagonizaron los portugueses, convirtiendo a las armas en hermosos floreros de claveles. El pueblo germinó como de la nada a la que le habían condenado los dictadores. Emergió del desasosiego, de una palabra que expresa un sentimiento universal, de un término apropiado para cualquier melancólico lleno de nostalgia. El fatalismo podría haberle condenado a conformarse con algo que sabían que les podría ir mal toda la vida, pero el portugués demostró que incluso sabe cantar con el alma entristecida y artear -hacer arte- con lágrimas, y al menos por un día reconocerse en la gran Historia del mundo como protagonista principal del  “Reino Lusitano… onde a terra se acaba e o mar comença”, en palabras de Luís de Camões.

            Dicen que los lusitanos tienen amor por el fasto, la teatralidad y la exhibición de la riqueza, lo mantienen aquellos que achacan haberlo heredado de los pueblos asiáticos. No conozco seres con un pasado tan inconmensurable que resulten más humildes. Capaces de cambiar el mundo, al menos la geografía o la forma de entenderla, de recorrerla, de asumirla, de culturizarla, te los imaginas sencillos, saliendo de tomar un buen café sin achicoria de un local imponente.

            En 1974 Portugal amaneció de la noche de los tiempos, renació de sí mismo y, si otrora había sido conquistador, se reconvirtió en liberador de colonias en pos de afanes de su propio albedrío. Fortaleció su sangre sobre su propio territorio, acogió a sus hijos dispersos por el mundo, a los mismos que habían atenazado para la cristiandad con la promesa de otra vida, y que ya sin cadenas territoriales, sin desequilibrios coloniales, con la negritud asumida en sus propias entrañas, se convirtió en la patria que querría merecer Almada Negreiros y tantos otros: “Não tenho culpa de ter nascido em Portugal, e exijo uma pátria que me mereça”. 

            Apenas amanece “te me apareces (Lisboa) posada sobre el Tajo, como una ciudad que navega, como dijo José Cardoso Pires, y Oporto sobre el Duero, y el país sobre el Atlántico, rehecho ya el camino de regreso a la Tierra Madre. Abril fue el mes de la primavera de la libertad, lo que supuso el preludio lusitano al despertar español. Los adelantados portugueses nos indicaron también la senda de la libertad, de los votos, de la democracia, de la vida sin censores, sin penas de muerte, con los diarios abiertos de par en par a las noticias de los unos y de los otros, de la disensión porque había opiniones, de los militares que eran gentes del pueblo disfrazadas. Nuestras transiciones políticas acabarían por resultar ejemplares.

            Como dejó escrito Castelao, dentro de Portugal se nos había quedado “la mitad de nuestra tierra, de nuestro espíritu, de nuestra lengua, de nuestra cultura, de nuestra vida, de nuestro ser nacional”. La democracia y Europa recuperarían todo eso para la causa común del iberismo. Solo nos separa el narcisismo de las pequeñas diferencias, al que aludió Sigmund Freud. Existe sí un curioso desencuentro de admiración tan mutua como callada. Nos une un puente levadizo a conveniencia de la conversación o de la negociación, nos separan apenas matices, algunas actitudes. Vivimos en un amor de oportunidad, con las desavenencias propias de las familias.

            Un día, Americo Damorín me invitó a un suculento Bacalhau as natas, en el comedor privado de su empresa. Me explicó detenidamente como la economía de Portugal encontraría la  senda para no seguir desangrandose con la emigración. Habló de formación, de consolidación de las clases medias, de especialización, de turismo pero, sobre todo, dijo, “hemos de conseguir confianza en nosotros mismos. No podemos desinflarnos como un souffle cada cierto tiempo admirando a los demás y denigrando lo propio”. Hoy con un proyecto de país sólido, creo que aquellas premonitorias palabras fueron siguen teniendo valor referencial para los portugueses y para todo pueblo que quiera participar en tiempo real de la globalidad y preservar lo propio.

            Admiro Portugal. Sus grandes ciudades, sus cuidados pueblos, la educación de sus gentes. Me gusta su gastronomía y su arte. Tan solo recelo de algunas de sus élites, en las que reside una cierta añoranza clasista, despreciativa, decimonónica y colonial. Olvidan que hoy, gracias a la revolución “o povo e quen mais ordena”.

            En Portugal, cuarenta y cinco años después, el Estado es hoy menos omnipresente, la economía no tan oligárquica, la iglesia menos hegemónica, el escenario político plenamente democrático, la integración de las gentes diversas ejemplar  y su idioma hermosísimo. Ahiora, a ese paraíso nos unen los ríos, las antiguas fronteras, la Historia, Europa y una cultura prácticamente común. Vivir de costas voltadas es ya pasado.

            A las pocas horas de regresar a España desde aquellas hermosas tierras tengo saudade, porque las considero como mi propia casa. Abro una botella de buen Douro, y tras brindar por mis hermanos y amigos portugueses, canto: “Grândola vila morena, terra da fraternidade”. Me entienden hasta los brasileiros. Envexa.

Alberto Barciela, periodista


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