Los extraños compañeros de cama que crea el “deseo” por estar a cualquier precio en la política


Llevo vinculada a la política treinta y cinco de mis cuarenta y nueve años, e ilusa de mí, tenía el convencimiento de haber visto de todo… Y no he presenciado poco.
Pero lo cierto es, que este miércoles me quedé absorta al enterarme del fichaje por Ciudadanos del ex presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, Ángel Garrido.
Puedo llegar a entender esos cambios de siglas partidistas en personas que, por una razón u otra, no pudiesen desarrollar su potencial personal al servicio de la idea que profesan debido a la férrea estructura del partido político en el que militen; pero lo que ha hecho este señor, no tiene ni pies ni cabeza, y desde luego, se asimila más a una traición; y no solamente a la formación que le dio la oportunidad de ostentar la presidencia autonómica de Madrid (tras la marcha de Cristina Cifuentes), además de concederle su deseo de acudir a las elecciones europeas en el número cuatro de la lista popular; un puesto de salida y preferencia en el elenco que firmaba hace un par de días, y sin tan siquiera dar cuenta a su círculo más cercano; ya no digamos la falta de lealtad a quien le cumplió su deseo, el presidente de su hasta la mañana del miércoles partido de militancia, el Partido Popular. A mi juicio lo más grave es la felonía a su persona.
Señor Ángel Garrido, las cosas no se hacen así, escurriendo el bulto cuando obviaba las llamadas telefónicas de los máximos representantes populares, como las de Teodoro Egea (así lo confirmaba el secretario general popular en los distintos medios de comunicación, los mismos por los que se enteraban de tal ultraje, como también Pablo Casado. ¡Impresentable!
Yo les confieso que mis entendederas no alcanzan insolencia tal; y todo ello para escenificar un vodevil de tal calibre que ni distingo, que me es muy difícil de digerir, y por supuesto, no comparto en absoluto.
Dicho sea de paso que no soy quien para entrometerme en relación alguna, y especialmente en este caso en una que se erige más en el deseo que en el sentimiento. Lo que sí tengo claro es que debe haber mucho más que la declaración hecha por el señor Garrido cuando comparecía al lado, de su hasta hace poco adversario en la cámara autonómica madrileña, Ignacio Aguado (y con las “perlas” que le ha dedicado, ahí está la hemeroteca, Internet y demás familia), aduciendo que “difícilmente se me pueda acusar de irme por no tener un sitio. Me vengo aquí por convicciones. Procuro no tomar decisiones en caliente y honestamente creo que quería seguir en política, porque me gusta, lo quería hacer en un sitio donde me sintiera cómodo. El partido de centro liberal por antonomasia. He aceptado decisiones de los demás aunque a veces no las entendía. Estoy seguro de que algunos compañeros del PP no la entenderán pero tendrán que respetarla».
Si yo fuese Pablo Casado en no buen momento aplicaría la máxima de Nicolás Copérnico “vencido sí, convencido no…”, porque hay que tener muy poca vergüenza, señor Garrido, cuando sigue teniendo muy alta temperatura su rúbrica,(como ya he dicho antes), al cuarto puesto a la cámara de Estrasburgo que expresamente “solicitó” al presidente de su partido; y aun así, tiene el cuajo de exclamar que la decisión no ha sido tomada en caliente, y por si esto no fuese suficiente, usted do hace para acudir a las elecciones autonómicas por la lista de Ciudadanos en el número 13, que parece ser que de salida …
En fin, esto no es nuevo, ya que allá por el año 150 antes de Cristo, cuando los romanos se extendían por una parte importante del mundo conocido, Escipio debió afrontar los embates de un movimiento contrario. Como la tarea de represión era muy dificultosa, decidió aniquilar al líder rebelde, Viriato, y para concretar tal fin, pactó con tres nativos cercanos a este último, para que hiciesen el trabajo sucio a cambio de una suculenta recompensa. Perpetrado el crimen, los sujetos se presentaron ante Escipio reclamando el pago de la deuda. Sin inmutarse, el político romano la tradición oral nos cuenta que les dijo: “Roma no paga traidores”. De esta forma, les hizo sentir el rigor por haber actuado en contra de la ética imperante aún cuando él mismo había sido el gestor del acto. Desde entonces, resulta útil para reprender a personas que obran de manera traicionera, aunque uno sea el autor intelectual del hecho.
Ahí lo dejo y que las urnas hablen; aunque vista la carencia de valores en la sociedad actual, junto con el imperio de insensatez que soporta el “show” mediático, puede pasar de todo.
Pero no todo vale, señor Garrido, aunque como dejó a modo de sentencia el gran Winston Churchill, usted ha materializado de la peor de las maneras su dictamen; “Politics makes strange bedfellows”, o lo que es lo mismo en nuestro idioma castellano, “la política crea extraños compañeros de cama”.

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