Engaños masivos

Y así, como preludio de lo que afrontaremos en pocos días, se nos va una Semana Santa más en este país tan devoto de sus propias costumbres y con la esperanza, siempre, de resurreción hacia tiempo mejores. Es nuestro propio ciclo vital para olvidar muchas de nuestras preocupaciones y que nos resuelvan esa tranquilidad de vivir y dejar vivir.
Nos queda una semana expectante de debates, malditos y benditos debates, que vienen y van, mientras la ciudadanía se cobra el desaliento de tanto eufemismo democrático. Sabemos de estos tiempos de bulos y desinformaciones que llegan a muchos de los titulares mediáticos y esquivan las mejores máquinas de la verdad sin inmutar, ni un ápice, a sus correligionarios.
Recuerdo una frase, ya manida, de los discursos legandarios de Abraham Lincoln cuando decía que «puedes engañar a todo el mundo algún un tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Y ahí está la gran diferencia. El engaño masivo siempre tiene una limitación en su tiempo y en sus formas. Y lo más importante, siempre llega a su final de etapa provocando los grandes vuelcos en la opinión púplica en general. La mayoría del electorado es siempre el ciudadano que sigue mirando disimuladamente los movimientos de unos y otros para decidir en el último momento, tomar la papeleta y acudir a una de las pocas obligaciones éticas que tenemos en democracia. Los movimientos entre bloques empiezan a unificar siglas que difieren de muchos argumentos pero envilecen contra el opuesto. Y eso, estoy segura que nos traerá más conflictos que esperanzas.
Reconozcamos que la panorámica desde Andalucía ha supuesto el mejor debate que podíamos presenciar en cuanto a numerología electoral, justificando sin querer, o queriendo, vayan ustedes a saber, que los gobiernos de frankestein, que tanto lideraron el discurso político de unos, sirvieron para dar un paso por delante de ellos mismos. Y parece que les gustó la estrategia, porque si de algo podemos caracterizar esta campaña política es de renuncias a los proyectos, centrando la mentira para, simplemente, decalificar no sólo al contrario, sino al propio ciudadano al que se le cree sediento de cualquier cosa menos de la verdad.
Los gurús del marketing político juegan demasiado al parchís con nuestras conciencias al servicio de la casilla de salida. En cambio, me da la sensación de que la mayoría hemos abandonado la partida con un cierto desaire a tanta historia reciente que en nada favorece la realidad que tenemos y el futuro que pretendemos.
A falta de un debate, al final, y gracias a la profesionalidad e imparcialidad de los propios periodistas de nuestro ente público, que antepusieron su dignidad a estrategias electoralistas de su cúpula, tendremos dos debates. Y hasta podrían ser más. Todos nuestros líderes políticos, los que están y a los que se les espera, bravuconean con la inmensidad de debatir cara a cara con el otro, de utllizar cualquier amaño audiovisual para enaltecerse, mientras las propuestas de futuro quedan apalancadas en el olvido de las viejas hojas escritas en los programas políticos. De nada servirá tanta algarabía con los debates si, al final, lo único que se pretende es que hablen de uno aunque sea a costa de la barbaridad más rocambolesca basada en mentiras y argumentarios obsoletos.
El tiempo nos dirá el resultado final de esta tragedia de vanidades personalísimas en las que nos ha enfrascado esta época tan interactiva y tan perezosa de discursos sostenibles con la inteligencia. Ya lo decía nuestro recordado José Saramago: «he aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonizar al otro». Y en ello está nuestro propio compromiso personal, para convencernos que somos nosotros quienes debemos conformar nuestro pensamiento para respetar esa esencia que nos define como seres inteligentes ; y eso es también compartir pluralismo e idelogía personal. Y eso mismo es lo que siempre ha vencido a la propaganda y la masificación de las decisiones. Porque al final, lo más importante es la sociedad que queremos entre todos, siendo esa colectividad la salvaguarda de la democracia.

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