La historia es pasado

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, haciendo gala de su demagogia y populismo, se descolgaba hace unos días, con la exigencia por carta al Rey de España de disculpas por los “excesos” cometidos durante la “conquista” de aquel país a aztecas y mayas hace cinco siglos, cuando básicamente ni España ni México existían como los entendemos en la actualidad. López Obrador tiene un problema de perspectiva y olvida que en buena medida las leyendas negras españolas son sobre todo creaciones interesadas construidas desde fuera para socavar el prestigio histórico de nuestro país. ¿Hubo abusos por parte de los conquistadores? Seguro que sí, ya que todas las conquistas fueron brutales y provocaron un sufrimiento imposible de medir a los que los padecieron, pero esto no dejaría de ser una gota de agua en un océano.

¿Cómo fueron los padecimientos de los indios de las grandes llanuras norteamericanas? ¿Las matanzas de indios en Perú? ¿Los asesinatos en masa de los aborígenes australianos? ¿El tráfico de esclavos? Se trata de padecimientos irreparables, sobre los que se debería debatir, investigar, enseñar, escribir… pero ¿cabe convertirlos en materia de demagogia política?

La misiva del Presidente Mexicano, pidiendo disculpas y resarcimientos políticos, olvida que España vino a terminar con el infierno de una cultura especializada en sacrificios humanos a unos dioses sedientos de sangre (recordemos la película “Apocalypto” y como a las víctimas todavía vivas les extraían el corazón), y aportó también a ese país urbanismo, catedrales, colegios y universidades.

Los problemas con la historia comienzan cuando se trata de utilizar el pasado para manipular el presente y no para explicarlo. Y esto puede llevar a que nos preguntemos, ¿cuándo prescribe la Historia?

Habitualmente se cae en el error de juzgar hechos o actos producidos décadas, siglos y hasta milenios atrás desde el pensamiento actual, lo que resulta equivocado y simplista. Entender el pasado pasa por empaparse del mundo de la época, quitarnos el antifaz de la contemporaneidad, y acompañados de miradas críticas, asépticas y por supuesto cercanas al momento del que se pretende opinar formular nuestras opiniones. “Es un error grave mirar al pasado con los ojos del presente” dice Arturo Pérez-Reverte.

Por desgracia, a menudo los análisis históricos están plagados también de prejuicios, tanto negativos como positivos. La Historia no es una ciencia exacta, por lo que se generan diferentes puntos de vista, todos ellos perfectamente válidos si están correctamente argumentados, aunque requieren el abandono de todos los clichés y juicios de valor previos para poder comprender verdaderamente.

La carta de López Obrador es, por decirlo elegantemente, muy desafortunada y demagógica, y pretende crear una polémica artificial, buscando un enemigo exterior, a ver si con eso mejora su popularidad y consigue hacer olvidar a sus conciudadanos sus cien primeros días de gobierno, llenos de promesas y cargados de fiascos. Encaja perfectamente en aquello que decía el “Sabio de Baltimore”, H. L. Mencken de que “Demagogo es aquel que predica doctrinas que sabe que son falsas a personas que sabe (piensa) que son idiotas”. La historia pertenece al pasado, y lo último que necesita el pasado es un concurso de demagogos.

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