El espacio del centro


La proximidad de unas elecciones suele poner en el candelero la cuestión de la derecha, la izquierda y el centro. Y no son pocos los que piensan que siendo el centro un espacio político, y que las elecciones se ganan desde el centro, conviene situarse en sus coordenadas.

Hay muchos aspectos de la vida social y económica en los que se puede decir -en cierto sentido- que sólo hay una política posible. La contención de la inflación, por ejemplo, o la reducción del déficit público, son objetivos de la política económica de cualquier Gobierno que aspire a dar un impulso efectivo a las condiciones de vida de todos los ciudadanos. Podrá discutirse cómo hacerlo; pero si no se intenta seriamente y, en alguna medida, se consigue, todos se empobrecen: los más ricos también, pero sobre todo -cualitativamente- los que tienen menos recursos.

Reconocer simplemente este hecho, aceptar, con los matices que se quiera, este planteamiento, sólo es posible, a mi entender, situándose en las coordenadas del centro. Es una cuestión de atención a la realidad. Por eso escribo que el centro no es un partido que lleve ese nombre. No es cuestión de nombres. El centro tampoco es una posición ideológica, establecida sobre conceptos previos a la vida política. El centro es más bien un espacio desde el que se pretende dar una respuesta eficaz a las necesidades reales, a las inquietudes, a las ilusiones de los ciudadanos, implicando a los ciudadanos como protagonistas de esa acción política.

No se trata, pues, de aplicar una receta universal, no se trata de tener una fórmula milagrosa para todo tipo de dolencias y malestares, no se trata de convencer a nadie de que se tiene el remedio que va al origen de todos los pesares que sufre la humanidad, como se hace desde las ideologías. En el espacio de centro se buscan soluciones concretas para los problemas concretos que cada sector, cada grupo, cada entidad tiene en cada momento.

Por eso puede decirse que el espacio de centro no es una posición fija, estática, sino que implica una permanente adaptación al dinamismo de la sociedad, y conlleva la exigencia de alumbrar, con imaginación, nuevos planteamientos en la vida política, como respuesta a las necesidades nuevas, a los nuevos retos, a los que los hombres y las mujeres permanentemente se enfrentan.

Desde estos presupuestos se entenderá que el centro no se construye sobre una tarea de adoctrinamiento, ni desde una visión completa y cerrada del mundo y de la historia, sino desde la aceptación de la limitación del pensamiento para alcanzar un conocimiento pleno y completo de la realidad.

Desde las posiciones políticas de raíz ideológica no es lo importante captar el sentir social, sino transmitir las propias convicciones e imbuir el sentir social de las valoraciones e impulsos de la propia ideología. Desde el espacio del centro la clave está en la capacidad de conexión con el sentir social, y en la capacidad para dar una respuesta, o más bien una conformación política a las aspiraciones de la sociedad.

Por eso puede decirse que en una sociedad equilibrada y políticamente madura quien ocupa el centro gana las elecciones, porque ocupar el centro no quiere decir otra cosa que ser capaz de representar la mayoría, pero no simplemente la mayoría, sino una mayoría constituida en la representatividad de todos los sectores sociales. Por eso hablamos de sociedades maduras políticamente y equilibradas socialmente.

En todos los países en los que se aplican procedimientos democráticos pueden establecerse mayorías en virtud de los procesos electorales, pero no todas esas mayorías serán necesariamente de centro. Las mayorías que no integran una representatividad de toda la sociedad son mayorías, pero no son de centro si se dejan llevar por el riesgo cierto del exclusivismo, de conducir políticas que miren sólo a los intereses de los sectores representados -por mayoritarios que fuesen- y no a los de todos.

Por todo esto, el espacio de centro puede ser definido como un espacio político abierto -es decir, no definido ideológicamente- y dinámico, cuya ocupación supone la primacía en la capacidad de acción, en la comunicación con la ciudadanía y en la iniciativa. Pero al mismo tiempo exige en quien lo ocupa una permanente atención para mantenerse allí. Ya no se trata sólo de ocupar el centro, sino también de mantenerse en él. Tal cosa sólo se puede lograr con un ejercicio efectivo y sostenido de democracia, algo hoy tan fundamental como ignoto pues vivimos en un Estado formal de Derecho y precisamos el compromiso con el Estado material de Derecho, y cuento antes.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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