Círculo financiero de Galicia, el buen camino


            Alguien me contó en Avión que en el centro de alguna de sus aldeas existía un grupo de hórreos, propiedad de las diferentes familias del lugar. En ellos se guardaban los productos del campo que habían de conservarse para el invierno. El canastro más grande era el mejor situado y el más escondido de las miradas. Este último se abastecía con una parte proporcional de cada cosecha, para que aquellos que por alguna circunstancia (enfermedad, poco rendimiento de sus tierras, edad, etc.) tenían necesidad de sustento pudieran surtirse sin vergüenza alguna. El sistema me parece no solo generoso sino muy propio de la inteligencia gallega, del saber sobrevivir frente a los avatares incontrolables, al infortunio, o a una circunstancia fortuita. En el mismo orden etnográfico colaborativo cabe situar las labores en el campo, en la pesca e incluso en las celebraciones festivas. La acción común se hace efectiva; los pocos se hacen mucho y todos ganan y se sienten parte del común. En la emigración tenemos el mejor ejemplo de lo dicho, en la unión en los centros gallegos y en los negocios se ha demostrado que el gallego, cuando se une, es capaz de lograr los más impensados logros. En la montaña ourensana, donde nace el Avia, bien lo saben.

            Todo lo contrario ocurre ahora entre las ciudades gallegas, no por rivalidades más o menos comprensibles en lo deportivo, sino en base a distanciamientos insalvables de orden social, político e incluso económico. Se llega al insulto y al desprecio, se abunda en tópicos, se establecen barreras e incluso fronteras situadas en ríos, puentes, valles y hospitales. Unos veneran a su Virgen, otros a su Santo y los terceros a su Cristo, y no se percatan que la religión es la misma y que la procesión ha de ser confluyente. El milagro de la unión resulta impensable. El refrán se hace bueno, cada un anda o seu, menos eu, que ando o meu.

            Los localismos son un mal que, aun en su apariencia endémica, parecen difíciles de erradicar. Es pensar con la pasión de las distancias cortas, del fanatismo menos justificable, de la incultura, distante de la inteligencia natural que hace de cada gallego un abogado, distinta a la que se han cosechado las últimas generaciones en las tres universidades con sus siete campus.

            Intelectuales y paisanos han presumido siempre del sentido universal de lo gallego. Se basan en la circunstancia de estar vinculados a todos los países de América y a medio mundo de forma directa, por varias generaciones de dolorosa diáspora, de sangría emocional, de pérdida demográfica. También en el Camino de Santiago, red de redes medieval con su kilómetro cero en la Plaza del Obradoiro. En la apertura de los puertos a flotas de todo el mundo. En las gestas de marineros, patrones y armadores, protagonistas de grandes hazañas en todos los mares del mundo. En la experiencia de los emigrantes, que lideran sectores empresariales en muchos países. O en los licenciados de la Escuela de Hostelería, que gestionan establecimientos en las más deseadas urbes. O en los coches fabricados por Citroën, que circulan por todo el orbe. En los éxitos de firmas como Zara, CH, Bimba y Lola que  jalonan escaparates en las calles más cotizadas. En Puentes y Calzadas, que traza estructuras constructivas incomparables en América y en Asia. O en Uro, Finsa, Cortizo, Extrugasa, Televés, Gadis. Los Clúster son otro buen ejemplo de lo que permite alcanzar la unión inteligente en la búsqueda de sinergias. Galicia no conoce más límites que los mentales de aquellos que hacia el sur o el norte establecen fronteras insalvables en sus nacionalismos (localismos) de pacotilla, con lecturas impropias de un mundo cada vez más global.

            Galicia representa una cultura única, preciosa, en una España singular y en una Europa vieja y sabia, integradora. Hoy, gracias a la solidaridad interterritorial, a la educación y a los medios de transporte, no somos un pueblo aislado en el Fin del Mundo sino un territorio con modernas infraestructuras de comunicación, telecomunicaciones, energía, portuaria, etc.

            Ahora gozamos de una oportunidad: la de poder conocernos mejor, la de ser quienes de propiciar estrategias de unidad para defender nuestros intereses y los de las generaciones futuras en un mercado mundial de competencia, defendiendo con ello un espacio propio en ese territorio que es Internet. Si no lo hacemos, perderemos el tren del futuro, y puede que para siempre.

            Tenemos que impulsar a los jóvenes valores formados en nuestras universidades, privilegiar al talento; debemos vincular a Galicia con las cuartas y quintas generaciones de emigrantes; hemos de identificar a los personajes con gran capacidad nacidos en la Terra, Nai e Señora, de Cabanillas. Juntos debemos articular una sociedad civil revalorizada; propiciar el encuentro, el intercambio de ideas en un debate abierto y respetuoso; reconocer el mérito de cuantos puedan contribuir a una comunidad pujante, que cada día ha de ser un poco mejor. Tenemos que hacer cuanto nos permita avanzar unidos desde lo que somos como pueblo. Para ello hay que actuar, por ejemplo exigiéndoles a nuestros representantes políticos y sociales respeto, honradez y actuaciones inteligentes desligadas de meros intereses personales, circunstanciales o meramente partidistas.

            Un ejemplo de lo que hay que hacer se lo debemos al Club Financiero de Santiago de Compostela que ha situado a la capital de Galicia en el mapa económico de la Comunidad. Es cierto que la Ciudad del Apóstol acoge a múltiples organismos ligados a la economía, desde la Consellería hasta el IGAPE, de la Cámara de Comercio -ahora relanzada por la buena labor de  José Sierra y sus colaboradores-, a sedes bancarias, desde Colegios profesionales a asociaciones empresariales, como la del Polígono del Tambre. Pero el impulso de la entidad ubicada el edificio Quercus ha contribuido a romper los esquemas localistas, situándose como verdadero eje dinamizador de las empresas de Santiago, incluso en su internacionalización.

            En la reciente historia de Galicia, infectada de localismos secantes, de organismos improductivos, hace unos tres años se produjo un hecho sin precedentes: la alianza estratégica de los clubs financieros de Coruña, Vigo y Santiago, para constituir el Círculo Financiero de Galicia. Este es el paradigma de aquello que realmente indica el camino que deberían seguir otras entidades para conseguir sinergias, mayor eficacia, colaboración, entendimiento, ahorro, unidad, fortaleza, y todo ello desde el respeto a la independencia y a la capacidad de acción de cada una de las partes. El pacto sellado entre las tres instituciones busca crear una plataforma de voz única, sólida e influyente ante temas de especial interés para la clase empresarial y la sociedad civil. Roberto Pereira puede estar orgullo de su labor y saber. Tras el inicial esfuerzo de entendimiento, esto no ha hecho más que empezar.

            Avión, para aquellos que aún no lo sepan, recibe ese singular nombre de un río, el Avia y de un pájaro común en la zona, el avión, suerte de golondrina abundante en aquellos hermosos parajes. En esa población aislada entre montañas, en el vértice de las provincias de Ourense y Pontevedra se habla un idioma muy singular, el del trabajo solidario e inteligente. Los frutos son bien conocidos. Cuando les va bien nunca se olvidan de poner alguna espiga en el hórreo común. Lo ejemplarizan Olegario Vázquez Raña, los Hermida, incluso sus invitados, Carlos Slim o Miguel Rincón.

            Sigamos el rumbo de la alianza, de esa flecha simbólica que ha hecho posible el Club Financiero de Galicia. Ese sí es el buen camino.

                           Alberto Barciela, periodista

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