España cañí

Nada tan magnífico como la Pradera de san Isidro en primavera, o el Baile de la Bombilla en las noches de verano, o la Verbena de la Paloma con don Hilarión, la Casta y la Susana. Nada tan hispano como un chotis bailado sobre una baldosa de cuarenta por cuarenta, o un baturro cantando jotas a la Pilarica, o una faca gitana para que Lorca la pinte en verso por las vegas del Darro y del Guadalquivir. Ni nada como esa Carmen de España amada por Prosper Mérimée o la capa ensangrentada de Frascuelo y la coleta de Cúchares, toreros de talla y valor. Nadie tan seductora como Eugenia de Montijo, dejando el Genil por el Sena, que fue mucho más que abandonar la República por el Manzanares… ¿Y qué decir de Curro Jiménez, del Tempranillo, de Melchor el extremeño…? Ni Bárcenas, ni Correa, ni el Bigotes, ni Zaplana, ni Rato… les llegan a la altura del trabuco y las alforjas.
Ni creo que las nuevas Cortes, que salgan de las elecciones del 28 de abril, consigan dibujar una España tan castiza como aquella de las crónicas viajeras del XIX. Lo pretenden algunas las listas y se deduce del chascarrillo nacional. La derecha carpetovetónica pretende formar la cámara más anacrónica del nuevo milenio.

Si consiguen escaño, volveremos a ver toreros y militares retirados, chulapos de gomina y acento de Lavapiés subiendo a la tribuna para legislar sobre la modernidad que se nos está escapando entre los dedos de la nostalgia y la crisis, desde la cruz a la raya.


Si alguien dudaba del desbarajuste, que Pablo Casado está sembrando en el principal partido de la oposición y, de momento, de la derecha, el capítulo de las listas ha concluido por sembrar el desconcierto no solo en sus electores sino también en un amplio sector interno del PP, en esa derecha que aspira al centro moderno. Esa tierra prometida hacia la que, desde la fundación, han caminado sin lograr alcanzarla.

A Manuel Fraga la historia seguirá adjudicándole el mérito de sacar de las cavernas a aquella “mayoría natural”, que no lo era tanto y venía del pasado para, como Moisés, hacerles cruzar el Mar Rojo y alcanzar el centro vital de una derecha moderna. Ahora a Pablo Casado los historiadores deberán anotarle la destrucción del legado del patrón, de mimetizarse con los restos de aquellos cavernícolas y de no dudar en pactar con ese casticismo añejo de cartel goyesco.

Un afiche dibujado especialmente por Santiago Abascal, quien tanto bebió de los pechos del PP más recóndito, capaz de resucitar al Somatén y de llenar la cámara castiza de anacronismos si lo dejan seguir impulsando el grito del capitán Trueno: ¡Santiago y cierra España! Un poster, al que también contribuyen las listas electorales diseñadas por Albert Rivera, recogiendo despojos del transfuguismo, tan denostado por el viejo y “pernicioso” bipartidismo, y sumándose a la bonita costumbre del pucherazo. 

Quieren poner de moda la España cañí y ni los toreros, ni los militares, ni los curas, ni los chulapos de chalecos, pañuelo azul y gominas, ni los boticarios, ni los hijos de honrados presidentes, tienen la culpa de seguir soñando con el imperio perdido en 1898. Es la neurología que en este país siempre falla cuando suena el ritmo de una pianola. No hay duda.

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