Amarillo, color de gafes

Travieso como uin niño, el jefe del Gobierno de Cataluña ha toreao a la Junta lectoral que le exigía retirar los lazos amarillos prendidos del bancón de la Generalitat en solidaridad con los presos del proeso de Kafka. Finalmente los bajó, pero solo para sustuirlos por otros de virginal blanco, mientras urde cuál será su próxima trastada.

No parece mala idea la de Quim Torra, si se tiene en cuenta que el amarillo es para muchos un color que convoca a la desgracia. Actores y toreros lo evitan como al demonio; y es fama que el en su día seleccionador español Luis Aragonés „tristemente fallecido ya„ solía abroncar a cualquiera de sus pupilos que incurriese en la temeridad de vestir alguna prenda de ese tono pajizo.

Aragonés fue el constructor de la selección que años después rompería „ya sin él„ la famosa maldición de los cuartos de final para proclamarse campeona del mundo. Un dato que tal vez avale su firme creencia en el mal fario del amarillo.

Tampoco era el único en sostener esta opinión. Las gentes del teatro tienen proscrito tal color desde que Molière falleciese semanas después de representar El enfermo imaginario vestido de amarillo. El cristianismo antiguo lo relacionó con el azufre del diablo; y no falta quien lo vincule con las enfermedades del hígado. Añádase a esto que los chinos, mucho antes de convertirse en la fábrica del mundo, eran conocidos como “el peligro amarillo”, aunque no sabría uno decir exactamente porqué.

Aparentemente, los independentistas catalanes de hoy se inspiraron en una tradición norteamericana del siglo XIX. Por aquel entonces, las mujeres solían anudarse al pelo un lazo de ese color para recordar a sus maridos que luchaban en el frente o bien estaban prisioneros. La costumbre dio origen el celebrado tema Ata un lazo amarillo alrededor del viejo roble, que en el año 1973 se alzó al primer puesto de los hit-parade de todo el mundo, cuando aún se vendían discos y se listaban los mayores éxitos.

Aun así, la elección del lazo amarillo parece un grueso error de marketing de los secesionistas, por otra parte tan diestros en la organización de performances a favor de su causa. Sea cierta o no la pésima reputación que padece ese color, resulta una temeridad utilizarlo como símbolo, si se tiene en cuenta su alegada capacidad para atraer la mala suerte.

La única explicación a tan funesta preferencia es que ya no quedaban colores libres. El lazo negro está pillado desde hace mucho por las funerarias; y otro tanto ocurre con el rosa, el morado y el rojo, que sirven a la reivindicación de muy diversas causas.

También podría objetarse que, lejos de ser gafe, el amarillo es un color que ha deparado grandes éxitos a muchos de los que lo utilizaron en el campo de la música antiguamente llamada ligera. Al antes citado caso de Yellow Ribbon, que hizo millonarios a sus compositores, hay que agregar aún el popularísimo Submarino Amarillo de los Beatles y, a escala más doméstica, la en su día famosa: Tengo un tractor amarillo, que sonó en todas las verbenas durante el verano de 1992.

Los efectos del lazo amarillo están por verse aún, naturalmente; pero con estas cosas del mal fario conviene no probar suerte. Quizá la Junta Electoral le haya hecho, sin pretenderlo, un favor a Quim Torra al darle pie para que se deshaga de tan peligroso símbolo hepático. Ya encontrará otro.

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