Entre baobabs

 

Ya es difícil entender un amanecer sin el movimiento táctil en una pantalla para comenzar a deslomar las cervical en esa cita diaria con la diversidad tecnológica. Debe ser esa necesidad de comenzar cada jornada sabiendo qué se nos viene encima, pero despreocupándonos de practicar esa primera, sutil y legañosa mirada arcaica por la ventana de nuestra casa. Tanto especular con lo lejano que, al pisar las calles, robotizamos el paso para regresar al pequeño mundo de la pantalla que nos sabe tanto a exterior. Recordando a El Principito, parece que nos hemos olvidado de aquello de que “sólo con el corazón, se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Mientras seguimos quemando la visión entre enlaces cibernéticos, dejamos de observar lo que tenemos debajo de nuestros pies, quedándonos, como resguardo de los tontos, con el cielo como sombrero.

La semana nos deja huellas desdichadas de esta vida que olvida su personalidad a partir del ensoñamiento de la información virtual. Matanza de jóvenes estudiantes a manos de adolescentes, reguero de ráfagas fatídicas en contra de los diferentes o padres anónimos que olvidan su presente para entrar en una desequilibrada existencia pagando el precio de su degeneración con sus propios hijos. Tenemos los datos, el desenlace de los acontecimientos. Especulamos sobre detalles y causas, pero nos olvidamos que en sus días y sus noches perturbadoras estuvieron rodeados de vecinos, amigos, familiares que no supieron reconocer los “baobabs” que tenían tan cerca para atisbar, tan siquiera, una mínima solución, con el peligro de que sigamos emborrachando esta ética universal con otras desdichas que nos ayuden a seguir tapando nuestras propias vergüenzas.

El genial escritor francés Antoine de Saint- Exupéry emprendió con el pequeño Príncipe ese viaje más allá de su reconfortante asteroide como una necesidad de alejarse de aquello que, sin remisión, siempre nos cansa o nos enfada. Esa insatisfacción que nos aleja de nuestra realidad para olvidarnos de lo que nos rodea. De alguna manera, las relaciones entre nuestros políticos se asemejan en esa necesidad de apoyar siempre lo contrario de lo que dicen los otros, aunque no venga a cuento. Esa falta de acuerdo en lo importante para seguir domesticando al zorro que siempre tenemos cerca.

A pesar de no encontrarnos en campaña electoral, el subidón de adrenalina que han iniciado nuestros futuros representantes promete muchas jornadas de palabras encadenadas para dar buen argumentario a todos los analistas posibles y medrar entre los faroleros incansables que intentamos sobrevivir en esta servidumbre. A lo mejor, deberíamos mirar algo más nuestro repertorio de actualidad desde lo más cercano de nuestra existencia. Desde el vecino o el compañero de trabajo, desde nuestra familia o los pensamientos propios que tanto nos acompañan.

Todo ello y todos ellos necesitan de una buena atención, basada más en el respeto al futuro que a aquello que al final nos muestran en cúpulas de cristal. Posiblemente será la mejor forma de saber juzgarnos a nosotros mismos, porque como avisa nuestro pequeño Principito, “si logras juzgarte bien a ti mismo, eres un verdadero sabio”.

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