El enfrentamiento como método

Los  sistemas ideológicos y económicos que protagonizaron el siglo pasado se caracterizaron, como es sabido, por incorporar a su núcleo doctrinal el enfrentamiento como método, reclamando – por su propia estructura- oposición, confrontación, crispación, divergencia y desunión en última instancia.
En efecto , las normales y lógicas discrepancias inherentes a la política se convierten, por mor de este endiablado esquema de pensamiento y de interpretación,  en el centro sustantivo de la vida democrática, desvirtuándola gravemente, especialmente cuando semejante esquema de contrarios se ha venido aplicando a todos los aspectos de la vida económica y social.

A estas alturas pareciera que los reduccionismos aplicados a los roles sociales y posicionales no sirven: empresario y trabajador -por ejemplo- ya no indican un binomio de necesaria oposición, ni desde la significación intervencionista ni, tampoco, desde el neoliberalismo capitalista. Pero es también claro que aplicar un reduccionismo semejante a las fuerzas políticas es igualmente desacertado. Atribuir las cualidades éticas a unos y la eficacia económica a otros; o el rigor y coherencia a estos y la preocupación por los trabajadores a los primeros, es ir contra la marea imparable de la realidad: hay de todo, bueno y malo, en todas partes.

Nuestra experiencia política  ha venido demostrando hasta la saciedad que tal esquematización es tan falsa como la clasificación de los grupos políticos en buenos y malos. Tal valoración es la que nos merece la esquemática y simplista clasificación universal de las fuerzas políticas en derechas e izquierdas.

Con procedimientos de análisis tan maniqueos la persona queda subordinada a su ubicación en el espectro ideológico. En efecto, ya no es ella la que vale sino su color, de manera que el desarrollo humano de los pueblos se conseguirá con “recetas de salvación”. Liberar la mano todopoderosa del dios “Mercado” traerá la felicidad a todos los individuos o, aplastar la cabeza viperina del demonio “Propiedad” nos hará entrar a todos juntos en el paraíso perdido. Quien usa la razón y tiene ojos en la cara tiene que sentir rechazo ante semejantes “fórmulas milagrosas”.

Ahora bien, lo que resulta insufrible en una cultura democrática es pretender la disyuntiva que algunos plantean a los ciudadanos cultos e informados de cualquier sector: o eres de los nuestros o estás contra nosotros. Tal dilema empobrece la vida democrática y envilece el discurso porque dejan de contar las razones para hacer prevalecer las adhesiones.Hoy, sin embargo, el pensamiento cainita y maniqueo, por mor del resentimiento que sigue habitando en determinadas mentes, vuelve a la palestra, en la misma medida que nos invade esa insufible mediocridad que ha tomado la primera línea en las principales actividades humanas. Que pena.

 

@jrodriguezarana

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de la Universidad de Santiago

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