¡Una década enganchados!

Reconozco mi resistencia a comunicarme con solo texto a través del teléfono móvil. Soy de los que entré más bien tarde en el mundo millonario y enigmático de los whatsApps. Y lo hice porque los colegios y asociaciones profesionales a las que pertenezco cambiaron el correo electrónico y los sobres con sello por los grafismos en letra en la pantalla del móvil para comunicar las novedades y propuestas.

A partir de entonces el mundo por la mensajería través de la redes móviles e inalámbricas nos mantiene ocupados y distraídos la gran mayoría de las horas del día y, en muchos casos, produce dolor y posible atrofia de los dedos pulgares para escribir el mensaje que queremos comunicar.

Sin darme cuenta estoy integrado, unas veces por convicción y otras por devoción, en una serie de grupos que sirven para comunicar cosas puntuales e interesantes, las menos de las veces, y auténticas tonterías y chorradas la gran mayoría de ellas.

El mundo enloquecido del whatsApp ha cumplido su primera década de vida y sin embargo da la impresión que nos ha venido acompañando desde hace muchos años.

Son dos quinquenios de enganche total que produce adicción a muchos millones de personas en todo el mundo. Si uno se pone a pensar verá que por la calle, en el tren o en el autobús, de cada diez personas siete están utilizando el móvil para recibir o enviar mensajes, textos, fotos y, la gran mayoría de las veces, hacerse eco de noticias que son falsas o que producen un efecto multiplicador pernicioso y muy difícil de controlar.

Hace un par de días pude comprobar como en plena calle una chica joven era atropellada en un paso de peatones con semáforo que estaba en rojo cuando iba entretenida leyendo y enviado mensajes a través del móvil. Y no es la primera vez que me tengo que parar en seco en la acera cuando alguien que no mira por donde va se lleva por delante todo lo que se le acerca por ir más preocupado de su móvil que de caminar.

El WhatsApp condiciona nuestras vidas diarias. Estamos demasiado pendientes de él. Lleva una década robándonos nuestra libertad de relación y haciéndonos vivir en un mundo menos comunicativo, más impersonal y sin cara –descontando los emoticonos– en las relaciones humanas. Es como una droga que diariamente tiene enganchados a millones de personas en todo el mundo. Y también el mejor de los caldos de cultivo para la difusión de las noticias falsas.

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