Aldeas para reconstruir sueños

En los días felices, los niños de Cudeiro nos sentábamos en el pretil para ver pasar a los coches. Venían de tarde en tarde pero entre curva y curva, se dejaban admirar por los hijos de quienes viajaban en el Carrito. Recuerdo a Chicho, diciéndome…

—- Cuando sea mayor me compraré un gran automóvil para llevar a mi padre al trabajo…

Su padre murió cuando aún no le había salido la barba y Chicho emigró a Munich a los 18 años recién cumplidos, con el oficio de aprendiz de mecánico por aval.

Cuando regresó a la aldea, seis años después, lo hizo en un gran Mercedes Benz y pagó una ronda completa en la taberna de Jaime.

Alguien de la pandilla le dijo…

—- ¡Qué pena que no pueda verte tu padre!

Pocos años después llegaron a Cudeiro los “haigas” americanos, impresionantes. Nos fascinaban a todos los niños tanto como los acentos de sus propietarios, que mezclaban el gallego con la musicalidad latina.

Aquellos “haigas” terminaron muriendo a pares en el pinar cercano, propiedad del abuelo de aquel emigrante que nunca regresó de Venezuela.

Ahora, a poco que te salgas de la autopista y te metas por la carretera vieja, en la primera curva ya aparecerá una aldea. Incluso con luces de ciudad al fondo y próxima a los grandes almacenes. Esta aldea sigue teniendo alma y aún la rodean campos cultivados con el mimo generoso de las gentes que la habitan. Poco o nada tiene que ver con aquella otra aldea que dejó Chicho cuando se fue a Alemania, en la ladera de verde hierba, con montes de pinos detrás y Ourense al fondo.

La aldea moderna con carretera, agua, electricidad y fibra óptica de 300 megas es el rincón perfecto para reconstruir los nuevos sueños, basados en una posible activa producción agropecuaria, en la ansiada industrialización y mecanización del campo, en la transformación total y definitiva de un sector tradicionalmente necesitado.

En la nueva aldea hemos de construir también el futuro que se avecina porque es el lugar de cuando éramos niños, aquel de las grandes alboradas y donde los agros, bien sembrados, darán los frutos apetecidos. Y los montes que la rodean, aún mas madera.

Así que, amigo mío, te invito a disfrutar de la aldea, sentados en el rincón mágico de la naturaleza más hermosa, junto al río que entona el canto rumoroso del agua, mientras los pájaros cantores entonan la banda sonora de cada tarde, a la que pone fin la campana de la iglesia, dos veces centenaria y románica.

Aquella aldea del siglo pasado era un trozo de mundo silencioso, un lugar con apenas vida, con campos de cultivos yermos llenos de margaritas y un fondo de cementerio.

Pero en el siglo XXI han vuelto los sudores al mismo lugar, rodeado ahora de veigas donde crecen los grelos de siempre y en cuyo llano renace el maíz para que el gallo cante la nueva alborada.

Esta aldea nueva vibra otra vez a pesar de estar en la humilde frontera que separa el bosque y el paisaje urbano de la ciudad que progresa, de la que huyen quienes buscan la vida en calma y los entornos que mas mimó la Naturaleza.

Y es que antes encontrábamos la aldea solo caminando por corredoiras que desembocaban en pequeños lugares en los que vivía, del y para el campo, una sola familia. Ahora, el viejo camino está asfaltado y llegamos con facilidad a los paisajes de nuestras vidas, que son los que confundimos con el paraíso.

Los arquitectos gallegos son los que más defienden la necesidad de incrementar el ritmo de rehabilitación de muchas de esas aldeas, aún impregnadas, a veces, de perspectivas del pasado; porque son lugares donde sucedieron historias de guerra, exilio y principalmente de emigración.

Ahora, en algunas de estas aldeas bien comunicadas viven gentes de otros países que descubrieron las bondades de nuestro paraíso y encontraron como vecinos a quienes heredaron el hogar nativo, los prados para el ganado y los agros que sembrar.

Viven en armonía, unos fascinados por la novedad de la vida campesina y los otros porque por fin conocen el valor de su mundo, ese mundo que sus hijos están dispuestos a revolucionar.

Cerca de los unos y de los otros, los urbanitas han entendido que es posible la vida más allá de la Catedral magnífica, de la muralla romana o de las calles de la modernidad. Se lo permiten las comunicaciones mejoradas y el auge del trabajo telemático. Porque el desarrollo tecnológico permite vivir lejos de los tradicionales entornos urbanos.

Los arquitectos de Galicia quieren apurar la rehabilitación de estas aldeas porque, al igual que ocurre ya en Inglaterra o Francia, la implantación de nuevas infraestructuras de transporte va a suponer –cuentan- “la revolución de muchos territorios cuyo principal sustento es la actividad agrícola y ganadera”.

Mientras llega esa revolución, la vida en la aldea la pasa su gente mordisqueando la piel del paisaje, donde, al atardecer, te encuentras siempre paseando al viejo profesor de Oxford y al viejo pastor de ovejas conversando con él en inglés.

Las autopistas unen el territorio, pero también dividen el país, ofreciendo desiguales oportunidades. En la Galicia del nuevo siglo hay un eje atlántico que limita la igualdad entre lo marinero y lo rural, un hecho que pone en duda el futuro de casi diez mil pueblos en los que también nacieron y crecieron gallegos.

La Galicia más próxima a su capital y a la costa se desarrolló mucho más que el interior de Lugo o de Ourense, donde la emigración y el cese de la actividad agraria, su consecuencia, dejaron una amplia herencia de casas abandonadas, ruinas y aldeas fantasma.

Sin embargo, reconforta saber que algunos de esos lugares ya resucitaron y hoy vuelven a engrandecer geografías que parecían imposibles.

Por eso hay que mirar con optimismo hacia el futuro. Por eso y también por los planes de revitalización del medio rural mas deprimido, que incluyen no solo la rehabilitación de viviendas, sino también un nuevo impulso a la agricultura y a la ganadería, ahora que parece posible que vuelva al campo la gente joven, mejor preparada y con muchas más capacidades que esa generación perdida, errante y necesariamente aventurera.

Porque ya no vale hacer planes turísticos para rehabilitar el patrimonio, como ocurrió en su día. Las aldeas por recuperar volverán a tener vida si en su entorno hay trabajo y cultivos de productos exportables.

Y esto es posible. Que ahí están, como ejemplo, los éxitos de nuestros vinos, de la castaña, de las cooperativas agropecuarias que exportan huevos y pollos, de la ternera gallega, de nuestros quesos…

La imaginación y el esfuerzo deben devolverle al agro gallego su valor de mercado; que, si somos capaces de vender tulipanes en Holanda, también lo seremos de adecuar nuestra producción agropecuaria a los nuevos tiempos.

Es más, si Galicia es el gran bosque de España, la esperanza de aumentar la población rural pasa por aplicar nuevas políticas de reordenación forestal, que ya se sabe que el negocio de la madera demanda mayores servicios.

En este país, se precisa una estructuración industrial de la nueva producción agropecuaria para generar una muy necesaria cifra de empleo y poner en valor el producto. Por lo demás, ya se sabe que Galicia es marca de calidad.

No sé si algún partido político, con las elecciones a la vuelta de la esquina, incluyó estos argumentos en su programa. ¡Debiera!

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