Iguales y diferentes

En el umbral del 8 de marzo, “Día Internacional de la mujer” recordamos que la libertad y la igualdad de oportunidades son ahora, a diferencia de antaño, valores muy apreciados y seguramente claves para la convivencia y el bienestar de esta sociedad del siglo XXI, tan llena de desafíos y oportunidades. Por ello, nacer mujer en esta época, debe implicar garantías de trato igualitario, no solo porque ellas sean la mitad de la población mundial, también porque a pulso se han ganado un espacio vital en todas las actividades humanas.

No siempre ha sido así y es lamentable, pero no tarde, para que el mundo se replantee una estrategia de cambio que asegure la igualdad, basada precisamente en el reconocimiento de nuestras diferencias, que no son sólo estrictamente fisiológicas, también lo son afectivas, sociales y materiales.

En este punto surge la duda de si resulta posible ser iguales y diferentes a la vez, porque parece casi una contradicción, pues si somos diferentes, ¿cómo podemos ser iguales?, y si es así, ¿tenemos que tratar a las personas de igual manera aunque sean diferentes?

En una sociedad compleja como la nuestra, a veces se confunde igualdad, con otro concepto importante, la equidad. Sin embargo, no significan lo mismo, ni tan siquiera algo parecido. Ambas tienen que ver con la justicia y, aun exigiéndose mutuamente, son conceptos radicalmente distintos. Así, la igualdad supone dar a todos lo mismo y reconocer que tenemos los mismos derechos. Por el contrario, la equidad supone dar a cada uno lo que necesita, reconociendo su diferencia y sus necesidades diversas. Igualar ambos conceptos en la práctica, supone negar el principio de igualdad de oportunidades, porque como afirmaba Aristóteles “tan injusto es tratar desigualmente a los iguales, como tratar igualmente a los desiguales”.

Puesto que la diversidad nos incluye a todos, igualdad o identidad no pueden implicar uniformidad ni igualitarismo. De ahí que el eje central del debate tendría que dedicarse a definir en qué somos iguales y en qué diferentes, al tiempo que buscamos conjugar la igualdad de las personas (hombres o mujeres), con el derecho al reconocimiento de sus diferencias.

Podemos afirmar que el derecho a ese reconocimiento también tiene un fundamento universal: todo el mundo tiene derecho a ser reconocido en su identidad única y por tanto a no ser considerado igual que nadie. Esta premisa a menudo ha sido a ignorada o encubierta, por la fuerza de algunos colectivos o ideologías, y olvida que lo opuesto a ser diferente no es ser iguales, sino ser idénticos, es decir, tener la misma identidad.

En realidad somos iguales y diferentes simultáneamente y en lo mismo. Somos iguales por ser personas y por participar de la misma naturaleza. Se podría decir que así como en Dios hay una naturaleza y tres personas distintas, en el ser humano hay una naturaleza y dos tipos de personas. Varón y mujer, cada uno es persona, y la diferencia entre ellos no rompe la igualdad.

Ser diferentes no nos hace ni mejores ni peores, sólo nos hace humanos. En consecuencia, requerimos vivir nuestras diferencias y desarrollar nuestras potencialidades en un marco de convivencia armoniosa, donde las diferencias de cada uno enriquece la vida de todos.

Dicho todo esto, el 8 de marzo, conviene celebrar y tener muy presente que se celebra el Día Internacional de la Mujer.

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