Juzguen ustedes

La Justicia, como las religiones, mantiene la impronta del poder gracias al ritual propio y a una importante dosis de oscurantismo calculado. El día que los clérigos digan misa vestidos de camisa de flores y pantalones vaqueros o se metan en los confesionarios con chancletas de playa e indumentaria de campo, además de trivializar los ritos, las feligresías probablemente los abandonen en masa.

La administración de Justicia sin venda en los ojos, sin togas, sin birretes, sin puñetas, sin mazo, sin prosopopeya, sin ritos anacrónicos, sin maniobras secretas… dejará de ser respetada por la mayoría ciudadana timorata, que aún lleva dentro ese terror atávico de la maldición del gitano: “Juicios tengas y los ganes”.

La transmisión en directo del proceso judicial contra los artífices del procés catalán, en aras de una pretendida transparencia, está echando por tierra la verisimilitud que se le supone a un acontecimiento de este calibre. Y con esto no pretendo rechazar el haber convertido el juicio en un programa de televisión de sesión continua. En absoluto. Simplemente, en una encrucijada de este calibre, constato la lamentable imagen del funcionamiento del tercer poder del Estado, al que se le supone solvencia, independencia de los avatares políticos, serenidad, paciencia y preparación.

La imagen de jueces silenciosos que gesticulan ante las respuestas o se tapan el rostro (¿para dormir, para reír, para indignarse?), de fiscales que desconocen o confunden los documentos probatorios, los mítines de abogados defensores y de la acusación popular, la incomodidad de las bancadas y estrados dibujadas en el cansancio de los rostros, entre otros cientos de detalles, manifiestan el profundo estado de la administración de la Justicia en España

¿Sería diferente o mejor de no transmitirse en directo? Ni mucho menos, quizás fuera peor como acontece con cansada insistencia en las vistas a puerta cerrada o con contado espacio para el público y los medios de comunicación. El hecho de que todo el mundo pueda asistir a esta pieza del conflicto político y pueda calibrar los entresijos del referéndum catalán del uno de octubre de 2017, debería servir para demostrar la presunta transparencia con la que actuó el Gobierno de Mariano Rajoy y condenar o absolver a Puigdemont y los suyos de rebelión contra el Estado.

Pero el espectáculo hasta este momento nos confirma el tremendo error que ha supuesto judicializar el conflicto político. La incapacidad de las partes para, en el ejercicio de sus deberes, buscar soluciones democráticas. Nos ha desvelado la existencia de esos intermediarios que tanto espantan al PP de Casado-Aznar. Nos asusta la desmemoria a solo un año vista, del entonces presidente del Gobierno y sus ministros, para justificar las acciones policiales y descubrir las fuentes de financiación del referéndum. Me imagino que los arrepentimientos y dudas de los independentistas deben de doler a sus seguidores tanto como si les arrancaran las uñas.

La televisión nos está mostrando un ritual descompuesto que pide a gritos una justicia moderna, mejor dotada y dinámica. Y muestra la constatación del fracaso de las políticas de las derechas y de los independentistas, al unísono, frente al viejo problema catalán. Por lo menos, todos podemos juzgar ateniéndonos al color del cristal de nuestra mirada.

 

Xosé Antonio Perozo es periodista

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