Pensamientos en violeta

Y llegamos sin darnos cuenta a este mes de marzo que nos trae nuevos aires de primavera, con lo que
supone de renovación de luces y colores, tan esperados siempre en este tránsito mundano que nos
come el tiempo. También se nos tiñe la mirada con ese violeta de lucha y esperanza para conmemorar,
un año más, ese 8M que, como una ola de refuerzo, simbolizó el año pasado. Un contundente
posicionamiento transversal y solidario sobre una nueva forma de encarar el tortuoso camino del
reconocimiento social de los derechos de las mujeres y la perspectiva de nuevos equilibrios. Porque el
feminismo es, ante todo, un desafío por la humanidad, donde se apuesta por el equilibrio de los vínculos
sociales, por esa perspectiva de igualdad real que significan los mismos deberes y derechos. Nunca fue
hermanada nuestra relación vital. Costó mucho esfuerzo y reivindicación para que las mujeres
accedieran a la educación, al voto personal y libre o a la libertad sexual, aunque a estas alturas todo
parezca tan habitual.

A propósito de la segunda edición del congreso sobre las mujeres que opinan en nuestros actuales
medios de comunicación, y que acogió nuevamente la ciudad de Pontevedra, resulta curioso evaluar
que, en esta nueva ola de reivindicación apoyada en el movimiento feminista, afloren los mismos
estereotipos por parte de esa cúpula indolente que se resiste a aceptar un modelo racionalmente
proporcional a la sociedad que conformamos. La visceralidad con la que se despachan las monolíticas y
arcaicas posiciones ideológicas, se ha convertido en una grave y preocupante infectación de una parte
de la clase política de este país. El reconocimiento de derechos para todos por igual, tan defendido en
nuestras leyes más nobles, parecen olvidadas para seguir manteniendo otro nuevo cordón tan poco
saludable contra el feminismo. Es entendible que la deconstrucción que significa este movimiento
provoque algún que otro cortocircuito intelectual en el seno del inmovilismo patrio, y que éste recurra al
envalentonamiento de sus manifestaciones más primarias como red defensiva.

Son tiempos difíciles para muchos ámbitos sociales. Tan solo curioseando entre tertulias de opinadores
y titulares de prensa, encontramos el guiño a numerosas dudas sobre los trabajadores, la economía
social, la igualdad de oportunidad y, como no, la posición de las mujeres en la sociedad que
mayoritariamente les pertenece. Y sin darnos cuenta, empezamos a entender demasiado rápido, un
desaire preocupante sobre derechos que deberíamos cuidar por fundamentales, mejorando su
desarrollo y expansión. Frente a ello, siempre tendremos a aquellos que increpan como los caciques de
antes, preguntándose qué más es lo que quieren. Y esa es la gran equivocación que disfraza el engaño,
como la limosna que engaña a la igualdad de oportunidades.

Apostar por una nueva arquitectura social supone un paso en el que contaremos con hombres y
mujeres de este sigo XXI, que a veces se atraganta de pasado pero que gargajea una reivindicación de
futuro; que será así o malograremos muchos avances que representen una sociedad más justa, más
igualitaria para todos y todas. Ningún avance ha venido bien dado desde sus inicios y ha necesitado
siempre del soporte de valentía y protesta sostenible. Tampoco será ahora diferente.

Así termina este nuevo encuentro en Pontevedra bajo el eslogan «As mulleres que opinan son
perigosas». Seguirá la apertura de caminos, la exigencia de oportunidades en las posiciones de cada
una de nosotras, la esperanza de encontrarnos mano a mano con hombres y mujeres a pesar de
muchos desalientos. Pero como decía la filósofa y ensayista María Zambrano «prefiero una libertad
peligrosa a una servidumbre tranquila». Y creo, de verdad, que ya va siendo hora de posicionarse.

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