Cordones sanitarios

    Bien se sabe que la expresión cordón sanitario  denota en origen la barrera impuesta al libre movimiento de personas para prevenir o evitar la expansión de una enfermedad infecciosa dentro de un área geográfica. Como metáfora,  el término se aplicó con el tiempo a la contención ideológica que el primer ministro francés Clemenceau predicaba en los primeros meses de 1919 para que los Estados fronterizos que se habían separado del imperio ruso formaran una unión defensiva encaminada a poner en cuarentena la extensión del comunismo  en Europa occidental.

Y está finalmente su aplicación a la vida parlamentaria como expresión de los vetos que los partidos se ponen unos a otros a la hora de establecer alianzas y pactos. Es un recurso introducido en el discurso político a raíz de un problemático Gobierno de coalición que se gestaba en la Bélgica de finales de los 80 y que está haciendo furor en la España de hoy.

En nuestro país el primer gran cordón sanitario de los últimos tiempos fue el célebre pacto del Tinell (diciembre 2003), con el socialista Iceta a los fogones, como casi siempre, en virtud del cual PSC, ERC y los herederos del comunista PSUC birlaron al pujolismo hasta entonces reinante en Cataluña el gobierno de la Generalidad. Cimentaron su acuerdo en el aislamiento, en el cordón sanitario, del Partido Popular en toda España y en menor medida de la CiU de Artur Mas.

Tras el primer triunfo electoral de Rodríguez Zapatero (2004) y de la mano del hoy santificado Pérez Rubalcaba, doce grupos políticos firmaron otro convenio para el arrinconamiento  del PP, al que cínicamente se le llamó Acuerdo por el pluralismo. En su virtud, el Partido Socialista se aseguraba la mayoría en los órganos de gobierno de Congreso y Senado y en las Comisiones correspondientes. Siempre el PSOE por medio.

Con todo, nunca como ahora los cordones sanitarios de intención política han gozado de tan excelente salud, hasta el punto de estar monopolizando el tiempo preelectoral que vivimos.  Nada van adelantando los partidos sobre programas de actuación que tienen in mente. Casi todos, de momento, están a otra cosa: a vetarse unos a otros.

Complicados, por no decir imposibles, van a resultar, pues, acuerdos de investidura y de gobierno, habida cuenta de la fragmentación parlamentaria resultante que se da por descontada cuando el 28-A se cierren las urnas. Es como si pretendieran empezar a construir la casa por el tejado.

En más de un caso, sin embargo,  todo ello tiene visos de postureo y pura táctica de campaña, Habrá que ver cómo justifican su probable incumplimiento  cuando la aritmética así lo requiera para acceder al poder o a parcelas del mismo. Porque ya sabe que la política hace extraños compañeros de colchón. Si hay que desdecirse, no pasa nada.

Tal vez el veto que por su rotundidad más ha llamado la atención ha sido el de Ciudadanos a Pedro Sánchez y al Partido Socialista. Quizás así lo ha anunciado ya ante la desconfianza que Rivera despierta en los calderos de la derecha donde pretende electoralmente pescar. Porque sus querencias hacia la izquierda son claras y manifiestas.

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