Arrimadas en Waterloo

NoS duelen los oídos de escuchar a PP, C’s y Vox despotricar contra quienes respetan la representatividad de los partidos independentistas catalanes. Especialmente contra Pedro Sánchez por propiciar la negociación intentando alcanzar acuerdos, como el ejercicio democrático de la vida pública exige, para solucionar el anquilosado problema catalán. Nos duele en el alma la confrontación de sordos entre las derechas de corte español y el nacionalismo de derechas catalán -CiU y sus secuelas-, sumado al republicanismo impreciso de ERC. Nos indigna hasta el hastío escuchar tanta algarabía sin otro objetivo que sembrar descontento para cosechar votos. Revolver el río para pescar peces desconcertados.

Y especialmente molestan, por el mal que causan a la convivencia, las incoherencias y la ignorancia de los líderes de C’s, ganadores en Cataluña. Su falta de consistencia ideológica, de saber político, de miopía cortoplacista y su funambulismo siempre sobre la cuerda floja de la desmemoria. Y nos causan risa cada una de sus ocurrencias para llamar la atención, porque son actores de una mala película de miedo. Razón por la que hoy, último domingo de febrero, nos reiremos viendo a Inés Arrimadas acudir a la residencia de Carles Puigdemont en Waterloo. Veremos llenarse las redes sociales de burlas, ocurrencias y chistes, como si ese panorama circense fuera el verdadero rostro de la vida pública. Menos mal que nos queda el humor.

Fíjense qué disparate. Inés Arrimadas, quien ha tratado en todo momento de ningunear la personalidad política y representativa que Puigdemont se atribuye, de golpe se viste el uniforme de Juana de Arco y decide plantarse ante la puerta del político huido para gritarle, como en un escrache, que «la República catalana no existe». Esto es, armada de obviedad ha decidido otorgarle al expresidente de la Generalitat la entidad y el poder que él dice poseer. Así, de un plumazo de fin de semana de precampaña.

Pero no pensemos que esta ocurrencia es una simple improvisación. No, tengo para mí que se trata del arranque de una puesta en valor de la líder catalana para relanzar su figura en el resto de España, al tiempo que se anuncia su concurrencia a la elecciones generales como número uno por Barcelona. Dos movimientos sincronizados, que les habrá aconsejado algún estratega posmoderno, con el objetivo de nebulizar la descompuesta figura de Albert Rivera después de sus fotos en brazos del PP de Casado y del Vox de Abascal.

Resulta curioso como los dos líderes de los partidos emergentes, Rivera e Iglesias, han tratado de desdibujarse durante los últimos meses, al tiempo que se veían obligados a arrimarse a los enraizados árboles de PP y PSOE. Y no resulta menos curioso su oportunismo «feminista» empujando al primer plano a dos compañeras, Arrimadas e Irene Montero. Les ceden la cara pero no el poder.

Hoy quizás hablemos de Arrimadas en Waterloo y no nos detengamos a pensar que el bipartidismo está llamando a la puerta de las urnas. Volvemos a la realidad con el cansancio en las mochilas. El 28 de abril vamos a decidir entre dos bloques. Derechas unidas -PP, C’s y Vox-e izquierdas acompasadas -PSOE y UP-. La gloria de los emergentes se desangra, quizás como la de Napoleón en la batalla de Waterloo en 1815.

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