Necesitamos admirar más

Hace unos días, la profesora Elena Vázquez Cendón hablaba a universitarios acerca de la necesidad de tener a alguien a quien admirar, y esto me hizo pensar que, a menudo, pasamos por la vida comparándolo todo, unas cosas con otras, a las personas e incluso comparándonos con los demás. Miramos al de al lado buscando la diferencia y considerando que lo que él tiene es algo que a nosotros nos falta, algo que necesitamos y codiciamos, porque si no, no somos los suficientemente buenos. Al parecer olvidamos que cada uno de nosotros es perfecto en su imperfección y que disponemos de todo lo necesario para ser felices.

Me gustan las personas que son capaces de ver el brillo de los demás y no deslumbrarse, que aprenden con los ojos abiertos de lo que les rodea, que perciben que admirar es una cualidad de personas extraordinarias, un superpoder, que nos hace mejores.

Hay dos tipos de personas en función de las distintas maneras de entender las relaciones y la vida misma, las que compiten y te ven como competencia, y las que cooperan y te perciben como compañero. No cabe duda de que a veces lo que queremos es limitado y sólo hay premio para el ganador, y a pesar de que es lícito querer ganar, lo que puede no serlo es el precio a pagar. Y precisamente ahí, es donde entran en juego y marcan la diferencia, nuestros valores personales, éticos, morales o sociales.

Las miras cortas y estrechas hacen que veamos a los demás como amenazas o instrumentos, o me sirves, o no, estás conmigo o contra mí, en definitiva los valoramos más por interés, que por su valor intrínseco. Cuando sólo vivimos en nuestro micromundo, es más fácil caer en “o es tuyo o mío” y pasar el tiempo compitiendo, sufriendo cuando no se gana, sintiéndose perdedor y en una especie de guerra constante que desgasta y agota. Sin embargo, cuando percibes el mundo como un lugar grande, con oportunidades para todos, tus horizontes se ensanchan.

Admirar es abrir el foco lejos de uno mismo, vislumbrar personas, acciones, actitudes que te gustan y aprender de ellos. Es ver y apreciar el valor que tiene el otro. Todos necesitamos referentes a los que admirar, de los que aprender y que nos inspiren a mejorar y superarnos. Alguien que cuando entra en nuestra vida se convierte en un soplo de aire fresco que nos revoluciona, que encaja en nuestros valores y que se instala en nuestro corazón casi sin permiso. Theophile Gautier lo expresaba muy bien, “amar es admirar con el corazón; admirar es amar con la mente”.

Es interesante recordar que la persona a quien admirar no tiene que ser perfecta, probablemente incluso podamos hacer algunas cosas mejor que él o ella, porque no admiramos de forma completa, admiramos conductas, actitudes, habilidades, valores, fortalezas, y con ello a quien las tiene, porque además admirar es reconocer la belleza en las personas, verlas como únicas y extraordinarias.

Suele decirse que hay presencias irrepetibles a lo largo de nuestra vida, personas que dejan huella, y puesto que todos somos breves inquilinos de este mundo, no hay que dudar en aprovechar cada instante, cada momento en su compañía, ya que aquellos que no tienen un modelo a seguir son más infelices y se sienten perdidos y solos, en especial en los momentos difíciles. Todos necesitamos ídolos a los que admirar y santos a los que seguir, y la calidad de nuestros ídolos determina nuestra propia calidad humana.

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