Taxis versus huelga

NO piensen que esta reflexión es producto de la nostalgia, debo encajarla en el desconcierto social de nuestros días. Las huelgas del taxis (globalización interesada de la denominación) me han dado muchos motivos para pensar mientras veía Barcelona y Madrid colapsadas y una patronal en pie de guerra contra otra patronal. ¿Estábamos ante el auténtico sentido de una verdadera huelga?

No he podido evitar el flashback de retroceder a 1972 cuando Esperpento Teatro Joven estrenó mi obra El vendedor, un verdadero panfleto contra la opresión de la dictadura y a favor del derecho a huelga de los trabajadores. En ella el obrero protagonista se declaraba en huelga y, mientras el policía lo reprimía, el público se levantaba enfervorecido aplaudiendo a rabiar. Aunque el texto había pasado la censura, antes de la veintena de representaciones la obra fue prohibida sin ninguna consideración. Esta secuencia puede parecer antediluviana pero es de antes de ayer, cuando la huelga en España era un derecho codiciado por los trabajadores al cual las patronales trataron por todos los medios de coartar, aún después de muerto el dictador.

Hoy el derecho a huelga tiene más valor que el derecho constitucional a la vivienda digna. Es moneda de uso común. Y, como estamos viendo en el conflicto de la patronal del taxis tradicional contra las patronales de los nuevos taxis multinacionales (Cabify y Uber), es una pantalla que no siempre se corresponde con la verdadera lucha obrera, aunque se estén -con todo derecho y libertad de opiniones- reivindicando puestos de trabajo.

En primer lugar me ha sorprendido que nadie -ni sindicatos, ni políticos, ni medios de comunicación- haya considerado estos paros como lo que verdaderamente han sido: cierres patronales. En segundo lugar, las dos grandes capitales del país han sufrido las protestas desde el estoicismo y la resignación, mientras los dos gobiernos municipales y autonómicos no han realizado el obligado trámite para exigir la correspondiente cuota de servicios mínimos fijados en cualquier conflicto laboral.

En tercer lugar, la sorprendente decisión de Cabify y Uber de cerrar sus empresas en Barcelona, sin la más elemental consideración sobre sus empleados, como rabieta contra la decisión de la Generalitat de inclinar la balanza ante el taxis tradicional, es un fenómeno empresarial/laboral sin precedentes. ¿Cómo es posible que un sector, en competencia con otro, abandone el terreno de negocio por desavenencias con el árbitro? ¿Les avala la justicia frente a sus empleados?

No voy a entrar en la deficiente imagen que el taxis tradicional tiene en todo el mundo. Es tan injusta como todo cuanto se generaliza. Ni voy a considerar un beneficio inmediato la ruptura del monopolio por las multinacionales. No lo hago porque esos temas no son más que el chapapote que tapa los baches, otras cuestiones más profundas de este servicio público, las cuales tampoco se han aireado durante el conflicto, son las verdaderas razones que subyacen debajo de esta gran algarabía, a la que denominar huelga es un insulto a la historia del movimiento obrero y de las reivindicaciones laborales. Ya digo, otro confuso y lamentable signo de nuestros tiempos.

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