La insoportable levedad del ser

Ayer conocimos la nueva y descabellada propuesta del Gobierno de España.

Pretenden que sigamos comulgando con ruedas de molino en lo que a Cataluña se refiere, y ahora se inventan la figura de un “relator”; ¿de verdad que están ustedes en sus cabales?

Mientras espero que se materialice lo que ya he clamado en varias ocasiones, que no es más que un examen psicológico a todas aquellas personas que van a ocupar un puesto de relevancia en la cosa pública, me toca sufrir el delirio del señor Sánchez con esta “relación” amor-odio que se trae entre España y Cataluña

Pues decídase de una vez a hacer lo correcto, que no es otra cosa que cumplir la Constitución que usted “prometió” al tomar posesión como presidente del Gobierno de España. Porque ejercer esta responsabilidad es una cosa muy seria y no tiene precio; aunque usted parece ser que ya lo ha arreglado con el presidente autonómico catalán Torra. Y por si esto no fuera suficiente, ahora quedan unos flecos para regatear el coste de su permanencia en la Moncloa a costa de mancillar la unidad nacional, al fin y a la postre lo dispuesto en el artículo 2 de nuestra Ley de leyes, un peligroso quebranto en la legislación vigente.

No sé si es usted consciente de la gravedad de pretender situar al mismo nivel de legitimidad el Estado de Derecho constitucional con su ruptura, así como considerar admisibles las demandas separatistas. No sé si es usted consciente de lo delicado que es poner a España y a la Comunidad Autónoma de Cataluña como si fueran entidades políticas del mismo nivel, cuando no lo son.

Señor Sánchez y demás “familia”, la libertad y la ley no se negocian; la soberanía nacional no reside en sus manos, si no en el pueblo español, (artículo 1 de la Constitución de 1978).

La vigencia de nuestra unidad nacional, de nuestra Carta Magna, del imperio de la Ley, no pueden ser monedas de cambio. Y sinceramente me parece un escándalo de carácter superlativo el que se ofrezcan como tales, a quienes pretenden romperlas mediante actos de rebelión, o mediante una negociación que equivale a una traición con mayúsculas a España y a todos los españoles.

Un presidente de Gobierno tiene que estar muy por encima del ultimátum de unos macarras que, despreciando España, bien que viven de sus sueldos millonarios como diputados, y bien que hacen uso de las instalaciones de la casa de todos para cometer afrentas tales como la de ayer mismo.

Si no hay presupuestos, ¡no los hay!, disuelva las cámaras señor Sánchez y que decida la gente a quien quiere de presidente; aunque cada día que pasa le entiendo mejor, ya que está más clara que nunca la enjundia de su negativa a convocar elecciones generales, ¿será quizá por el miedo a sentarse en el “banquillo” frente a la justicia que el pueblo español impartirá en las urnas?; por cierto, a las que usted nunca acudió como candidato y quizá por eso se aferra a su sillón como un clavo ardiendo.

El proceder del señor Sánchez rebusca en mi memoria y me trae a Tomás, el protagonista de “La insoportable levedad del ser”, aquel que amando a su esposa no puede resistir la tentación de acostarse con otras; aquel hombre en donde mora una absoluta incertidumbre para afrontar una relación de pareja y la madurez necesaria para ella. Aquel hombre que pasa de militante socialista eufórico a perseguido del sistema.

Quizá será este el precio que deberá pagar por su relación amor-odio con España y su partido. Veremos. Hasta entonces lo que se nos está haciendo insoportable es su proceder y el mismo.

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