La mala paz

 

Decía Albert Einstein que «no es posible mantener la paz usando la fuerza; sólo puede lograrse con comprensión». Y como todo en este mundo que circula por encima de nuestra propia existencia, nada es nuevo en esto de los asuntos cotidianos.

Llevo tiempo con un pensamiento que me estremece desde lo más hondo de este necesario entendimiento sobre lo que nos rodea. Es cierto que, de alguna manera, los tiempos son cíclicos, pero me horroriza comprobar que igual de repetitivos son los errores que se cometen. Nuestra historia mundial, desde la prehistoria humana, se ha desarrollado entre conflictos; unas veces desde nuestra propia comunidad, y otras más allá de esas fronteras que siempre han sabido más a restricciones que a derechos. Debe ser esa necesidad de observar lo que somos a partir de nuestros propios límites. No vienen buenas noticias ni sobre la paz ni la justicia en ninguna de nuestras jurisdicciones humanas. Resuenan tambores de fuerza ante conflictos internos de un país, bajo el error de injerencias internacionales para obtener un rédito económico del que se aprovecharán, como siempre, unos cuantos.

Hemos sobrepasado los 70 años de aquella legendaria Declaración Universal de los Derechos Humanos para reafirmar que los conflictos que nos rodean sobrepasan todas las posibilidades de cumplimientos y mejora de nuestra sociedad colectiva. Nos hemos acostumbrado a digerir luchas y enfrentamientos diarios en diversos puntos de nuestro planeta. Algunos ya forman parte de nuestra memoria particular porque casi nos han acompañado desde el inicio de nuestro tránsito mundanal, y otros nos hacen fijar la mirada en la pantalla del televisor por aquello de la novedad. Vivimos en una incomprensión absoluta sobre la otra parte, y no encuentro ningún argumento que nos mejore esa condición.

Nos justificamos con anecdotarios mimético-democráticos para enaltecer las blandadictaduras como espejismos de una mayor seguridad para todos. Seguimos cabalgando entre pobres teorías pacíficas para alentar microguerras que generarán mayores conflictos. Ya lo decía la política y activista irlandesa Mary Robinson al destacar que «la violación de los derechos humanos de hoy son la causa de los conflictos de mañana». Un sólido argumento si desperezamos nuestra atención hacia todo lo que nos rodea.

En nuestro país, parece que somos especialistas en dejar que los problemas se solucionen por sí solos, dejándolos al albur del viento y del paso de ese tiempo que todo lo pudre. Y ahí estamos, con colectivos de trabajadores en lucha generando extrañas adhesiones y detracciones viscerales del resto de los conciudadanos o con políticos, reos provisionales, de viaje en una caravana de furgones interminable para mayor testimonio de diálogos y negociaciones incomprensibles. Nos queda una buena temporada de incertidumbre política, pero especialmente social.

De alguna manera, nuestro afán de tranquilidad nos deja un camino de cierto conformismo, alentando soluciones rápidas y diluidas para seguir cómodamente en nuestra silla. Pero la advertencia de estos males ya la conocimos de la mano de George Orwell en su Rebelión en la Granja: “El resultado de predicar doctrinas totalitarias es debilitar el instinto por medio del cual los pueblos libres saben lo que es o no es peligroso.” Y ese sí que es el gran peligro, el gran trance que siempre parece dejarnos una maltrecha mala paz.

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