De perdidos, al río

 

De otra manera no cabe interpretar la práctica designación de Pepu Hernández como candidato a la alcaldía de Madrid por el Partido Socialista. Las encuestas venían asignando al PSOE un quinto lugar en las expectativas de voto, por detrás incluso del neófito Vox. Y ante tales sombrías perspectivas, Pedro Sánchez, en una decisión muy personal, ha optado por una designación rupturista.

Se trata, como bien se sabe a estas alturas, del que fue seleccionador nacional de baloncesto en los tiempos gloriosos del campeonato del mundo (Japón 2006),  próximo, pero no inmerso en la primera fila de la vida política, del que se destaca su espíritu de lucha, su experiencia en equipos humanos y su buen hacer en el ámbito profesional, amén de tratarse –dicen quienes lo conocen- de una gran persona.

El secretario general del partido y presidente del Gobierno habría practicado algo así como un “de perdidos, al río”, expresión que en lenguaje coloquial se emplea, en efecto, cuando ante una situación más que difícil uno se decanta por una alternativa aparentemente descabellada. Lo cierto es que el sorpresivo fichaje en cuestión ha descolocado no sólo a la opinión pública, sino sobre todo al propio PSOE. Asombro y estupor dicen que ha causado en amplios sectores de la organización.

Habrán de celebrarse  primarias para convertir en candidato oficial a quien hoy es sólo formalmente precandidato. Pero el dedo de Sánchez, saltándose todo lo saltable, ha sido tan manifiesto y hasta televisado que una derrota de su designado significaría un más que relevante fracaso del propio proponente.

Eventualidad improbable ésta, aunque cuando se trata de la siempre difícil FSM (Federación Socialista Madrileña) resulta recomendable tentarse antes la ropa. No obstante, Pepu Hernández puede ser la sorpresa de la campaña madrileña y, como bien se ha dicho, no convendría matar el fenómeno antes de nacer. Hoy día cualquier cosa es posible.

El Partido Socialista se suma así a la búsqueda de personajes mediáticos  en el mundo del deporte y del espectáculo, ajenos a la militancia partidista, pero con gancho popular. Hasta ahora cerraban las listas en señal de apoyo moral. Ahora las encabezan u ocupan  lugares destacados de salida.

¿Falta de banquillo o de candidatos propios salidos de sus propias filas? No necesariamente, me parece. ¿Qué se busca entonces en ellos? Muy probablemente, un aire nuevo; la popularidad que  los protagonistas habituales de la política han perdido; cubrir de alguna manera el deterioro de la misma y reparar el cansancio que producen las caras de siempre y, en ocasiones, su ineficacia.

Pero no sólo. Porque también cabe pensar que se quiera responder a los cambios que se observan en el propio cuerpo electoral. Un electorado con muchas más ofertas para considerar, fragmentado, polarizado por bloques ideológicos más que por siglas de partido, que decide mucho  más tarde el sentido del voto y donde éste cambia con velocidad y sin mayores problemas.

Hoy día, por ejemplo, hasta un 40 por ciento de los electores decide su opción en las urnas durante la campaña electoral; un 9 por ciento lo hace la última semana y un 4 por ciento, el mismo día de la votación. El candidato “gancho” vendría a ser cada vez más útil. Basta con que caiga simpático para que pueda resultar una joya. ¿Simplismo? Tal vez.

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