Un gran país

El discípulo de Ortega y Gasset, Julián Marías, autor de la obra de referencia “España inteligible”, dejó escrito: “España es un país formidable, con una historia maravillosa de creación, de innovación, de continuidad de proyecto… Es el país más inteligible de Europa, pero lo que pasa es que la gente se empeña en no entenderlo”.

Algunos países han logrado construir en torno a su nombre una imagen de marca de admiración, ya sea por sus servicios públicos, la limpieza de su democracia, la fortaleza de su economía, el nivel de su cultura o la belleza de su patrimonio. Otros, para su desgracia, se clasifican como bananeros, donde la corrupción, la inestabilidad política, o la debilidad de su economía, son señas de identidad. Lo fácil, por tanto, sería enmarcarse en uno de esos grupos, o simplemente quedarse a medio camino de ambos.

En el caso de España a menudo nosotros mismos olvidamos cosas que nos sitúan a la vanguardia de Europa, a veces hasta del mundo. No recordamos que fuimos el tercer país del mundo occidental en elaborar una constitución, el que tuvo el primer parlamento de la Europa medieval, donde nos planteamos los derechos inherentes al hombre a pesar de su raza, o que mucho antes que en Francia aquí ya votaban las mujeres.

Podemos estar orgullosos de pertenecer a una de las naciones más antiguas del mundo, a un país que recibe cada año a más de ochenta millones de turistas extranjeros, y que según un estudio de la empresa auditora Deloitte, “el mejor país para nacer” por su alto nivel de bienestar y salud.

Nuestro idioma es la segunda lengua más hablada del mundo, sólo por detrás del chino mandarín, un 8% de la población del planeta. Tenemos un envidiable patrimonio cultural, con 45 lugares Patrimonio de la Humanidad (El Camino de Santiago, La Alhambra de Granada, la Catedral-Mezquita de Córdoba, los museos, El Escorial o las cuevas de Altamira son buena muestra), así como 58 reservas de la biosfera (más que EE.UU.) y un cuidado litoral, con el mayor número de banderas azules de Europa.

Somos una nación segura, ocupamos el sexto puesto mundial, sólo por detrás de Singapur, Japón, Indonesia, Suiza y Suecia, con una tasa de criminalidad 17 puntos por debajo de la media europea, en gran medida gracias a nuestras fuerzas de seguridad. Y según el índice Bloomberg Health Care Efficiency que mide la eficiencia de los sistemas sanitarios del mundo, ocupamos el tercer lugar entre los más eficiente, lo que también acredita la revista “The Lancet” y la Fundación Bill y Melinda Gates.

Si estas y otras muchas cosas hacen que podamos estar orgullosos de nuestro país, estos días los podemos estar todavía más, con motivo de las operaciones de rescate de Julen. Cientos de personas, de más de una treintena de grupos, entre mineros, psicólogos, servicios de emergencia, voluntarios, Guardia Civil, administraciones, empresas y otros organismos públicos y privados, han trabajado juntos incansablemente con un único objetivo y sin protagonismos individuales, para hacer todo lo humana y técnicamente posible y rescatar al pobre niño.

Este buen ejemplo de solidaridad colectiva me lleva a soñar con lo que seríamos capaces de conseguir como sociedad si siempre trabajásemos así juntos, con un mismo objetivo y la misma meta, sabiendo también exigir a nuestros políticos, la búsqueda permanente de mayores consensos para liderarnos en la búsqueda del bien común.

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