Buenos Aires en cuatro momentos

Para Celina Fernández

“Mi cuerpo físico puede estar en Lucerna, en Colorado o en El Cairo, pero al despertarme cada mañana, al retomar el hábito de ser Borges, emerjo invariablemente de un sueño que ocurre en Buenos Aires”. (Jorge Luis Borges (1899-1986), escritor argentino, de “Los sueños” en Atlas, 1984)

Uno quiere hacer avanzar en la memoria a Buenos Aires. Es una búsqueda inquieta, un retorno en pos de la caverna cálida, de la madre adoptiva, de la mezcla de sangres y de esquinas de la vida, de un hogar pleno de abundancias. Uno, sin ser porteño, se siente vinculado a la historia desnuda de una ciudad que inicialmente parece renunciar al río, a sus orígenes y a las tendencias. La ciudad es cosmopolita y se sincera en sus propias aparentes incongruencias. Su paisaje humano se dibuja en mil idas y retornos a cualquier lugar del mundo, y las calles adquieren más importancia que el fluir de las aguas por la que arribaron sus genéticas. Es ir y venir, y mezcla, y un paso adelante y no sé cuantos atrás y giro vertiginoso, y un dejarse caer, un tango mundano que no se niega al burdel, exquisito y vulgar como en requiebro, y que asciende con el telón del Colón.

Tengo, como el escritor-poeta-ciego, como el Borges navegable, nostalgia de una ciudad que se deja acariciar en cada visita, y por eso ansío retornar a su cobijo. Volver al anonimato del mestizaje más culto, abierto y metafórico en una casa de camas alquiladas.

Posiblemente Buenos Aires no sea más que una estafa en mi memoria, pero yo también demando mi derecho a equivocarme en una evocación traidora, casi siempre feliz. Mientras viva le seré fiel a esa urbe, presto a sus engaños seré un devoto acudiente a sus arrumacos. Ciudad infinita, apabullante, sudorosa de entregas y amables desamores. Con Borges emergeré invariablemente de un sueño que ocurre en Buenos Aires.

 

SAN TELMO

 

Creo recordar que era día del Señor, la tarde de un domingo cualquiera del final de otro verano. El lugar muy concreto, la Plaza de San Telmo, recién acabado el mercadillo. Los buhoneros atildados se agarraban a un tango de segunda mano. Sin saberlo, con sus requiebros regalaban una ilusión a los atentos coleccionistas de esperanzas ajenas, mirones sentados sobre sus mismas sombras, ansiosos por completar sus síndromes de Diógenes, el álbum de sus ansiedades, turistas en sus propias vidas, conocedores de que los tangos han sido escritos desde el arrebato para escuchar en movimiento. Ni en unos ni en otros había más que rutina, y todos se dejaban ir en la música memorizada, aunando anhelos de diversión y puro instinto.

Pasos y miradas lentas se entrelazaban en rutina, dejándose llevar por melodías memorizadas, fusionando anhelos de diversión y puro instinto. Nada ni nadie importaban. El cielo encendido en azul contrastaba con la amarilla y reciente luz de los faroles. A pesar de todo, existía una extraña armonía visual, como de escena ensayada una y mil veces. La plaza se reconocía en sí misma, como todos los atardeceres desde que San Telmo danza a lo anticuado.

En ese afortunado atardecer de siglos, hecha la caja, el tango pulcro, elegante, fue nuevamente preludio de amores entreverados de suspiros y sudores viejos, apurados como si fuesen un tercer Martini; de deseos complacidos, tan seguros como si fuesen de pago.

Dicen que argentino, che, como si eso fuese ser menos que un dios. Dios para un argentino no puede ser otro que él mismo.

 

EN BOCA DE TODOS

 

Me gustaría un verso más político del más político de los poetas. Vibraría si en lugar de homenaje a un barrio, fuese una denuncia a la Casa Rosada de los dictadores. Su hallazgo es imagen sugerente, entusiasmo en el pregón, éxtasis de primavera, pero la inspiración renuncia a la denuncia para aparearse con los colores corrientes de un barrio y una calle. “¡Qué alegría, ciudad, oh qué alegría. Pensar que tus balcones puedan zarpar un día!”. Alberti dibujó en tinta china un Buenos Aires que en sí ya era poesía y drama. Optó por el verso y abolió en sus recuerdos a los ciudadanos arengados. No le es propio. Es la agónica colisión entre un verso y un ideal. Toda una impostura para las Madres de Mayo.

 

APUNTES DE BUENOS AIRES

 

Me gusta Bueno Aires.

Atolondrada también me gusta.

Me gusta su cadencia y su destreza para desenvolverse en la vida.

Sus pequeñas y grandes cosas, me gustan.

Me gusta el rumor de locura que la ciudad tiene al mediodía

y el susurro con que se acaricia en el viento,

dejándolo pasar, como indiscreción perdida.

Me gusta así.

Y me gusta su ribera de inocencia e invitación a infinitos.

Y me gusta su proclamación de amor al mundo escrita en tango.

Me gusta la ambigüedad de su brisa y su calor como de hogar.

Y que me perdonen si digo que la decadencia me gusta en San Telmo.

Me gusta caminar por Caminito y terrazear la Recoleta

para celebrar la vida, las cosas sencillas de la vida.

Y me gusta pasear en verde del Bellas Artes a Palermo

Y sepan que  mi cumpleaños lo voy a celebrar el 9 de julio.

Me gusta que así sea, porque así ha sido siempre.

Sentado en el Colón,

me gusta Buenos Aires

y su indiscreción ciudadana, murmullo de barítono.

Me gusta el café de palabras del Tortoni,

con unas gotas de metáforas.

Y ser corriente en Corrientes me gusta.

Me gusta caminar por Rivadavia sin rumbo ni distancia.

Me gusta hacer barcos de papel que regalarle al Río de la Plata

y me gusta el bandoneón sobre el que se escribió la partitura

de una ciudad que es historia de sí misma,

de sus desechos y su rehacer, renacer permanente

Ciudad sin complejos, eso me gusta.

Por todas estas cosas grandes y pequeñas,

espectaculares y sutiles, me gusta Buenos Aires.

Atolondrada también me gusta.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar