Cambio en Andalucía

Tendo ocho a mis deudos que si algún día me pierdo que me busquen en Andalucía. Formo parte del grupo de gallegos que sienten admiración por aquella tierra, por su paisaje, sus monumentos, su cultura y su gastronomía y, sobre todo, uno se encuentra a gusto con su gente acogedora y hospitalaria que rebosa optimismo y contagia alegría de vivir.

Pero en la Andalucía política ocurren cosas raras. Como que desde siempre estuvo gobernada por un ejecutivo socialista que, sin duda, llevó progreso a la comunidad, pero llama la atención que teniendo los mismos medios que las demás, la dejó con el mayor porcentaje de paro, con la educación por debajo de la media en todos los indicadores del informe PISA, con la sanidad muy deteriorada y con el mismo modelo productivo del monocultivo del turismo.

Y sembró la corrupción. Al cierre de 2017 Andalucía era la comunidad con más procedimientos, más procesados y acusados por corrupción. Circuló dinero público sin control en los Cursos de Formación y los ERE –pendiente de sentencia–, en la administración paralela, en las redes clientelares y otras indecencias. Todo esto ocurrió durante 36 años, lo que corrobora que el poder corrompe, si es absoluto corrompe absolutamente y ejercido durante mucho tiempo actúa con total impunidad.
Este martes tomó posesión un gobierno de cambio y no lo van a tener fácil. Primero por la debilidad interna de las tres fuerzas políticas con intereses dispares. Segundo, porque además de gobernar, tendrá la tarea de abrir ventanas, levantar alfombras y ventilar estancias para desentrañar el aparato burocrático-administrativo. Muchos pesebristas que vivieron al amparo del poder agitarán la calle, como ya agitó la expresidenta que demostró poca elegancia y ningún talante democrático alentando rodear el Parlamento.

 

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