Anomalía transitoria

Cuenta la leyenda urbana que, durante la transición del Gobierno de Manuel Fraga al bipartito presidido por Emilio Pérez Touriño, un altísimo cargo de una Consellería reunió a las jefaturas de departamento y al personal de confianza para despedirse, agradecerles los trabajos prestados y concluir con unas frases históricas: «Amigos y amigas, aquí empieza una anomalía transitoria en el Gobierno de Galicia, confío en vuestro buen hacer para que antes de cuatro años volvamos a estar juntos».

La anomalía transitoria se llamaba Gobierno de coalición entre PSdeG y BNG. No era necesaria la iluminación divina para augurar las disfunciones entre socialistas y nacionalistas, entre los objetivos socialdemócratas de los primeros y los frentistas de los segundos, entre la visión de la Galicia real de Touriño y la Galiza fabulada de Quintana… dos gobiernos llegaban al poder de San Caetano con las espadas en alto para asentar sus reales en el mayor número posible de territorios del poder político. Sobre esa base se construyó la anomalía transitoria, que no dejó de crecer durante cuatro años, además de ser presuntamente alimentada por muchos de quienes nunca fueron removidos de sus puestos funcionariales.

Mirando hacia Andalucía y analizando los tropiezos de partida, sobre los que nace el Gobierno de Juan- ma Moreno (PP) y Juan Marín (C’s), no es difícil pronosticar otra ano- malía transitoria similar a la de la Xunta bipartita. Por primera vez en la historia de la democracia moderna la ciudadanía andaluza va a tener dos gobiernos bajo la misma bandera. Los intereses son simila-res, coger impulso para conquistar el Estado, lucir el poder que el reparto del botín electoral democráticamente les ha concedido y robarse mutuamente la cartera de los votos. Tres miradas distintas y un solo impulso verdadero.

Mientras el PP tratará de atraer al redil a los hijos pródigos de Vox, C’s buscará el abrazo de los liberales descontentos con los derroteros extremos por donde navega Pablo Casado. Una pelea que no será incruenta ni para sus partidos ni para el pueblo andaluz. El proceso de negociación ha mostrado con lucidez el primer capítulo de la anormalidad, un juego de trileros donde uno de los cubiletes trataba de escapar de la bola negra, como de la peste, pero aceptaba las reglas del juego con un depurado decálogo de hipocresía. ¿Es esta la política que la derecha tripartita anuncia como ruta para el futuro?

Andalucía, como ha sucedido históricamente, vuelve a ser el espejo sobre el que adivinar la próxima década. El PSOE gana pero pierde con la quijada cainita entre las manos; Podemos se enroca en su ceguera y continúa camino de la desaparición anunciada por la egolatría de Pablo Iglesias; el PP se hunde agarrado a los restos del naufragio, creyendo que va camino del puerto seguro; C’s hace de la ambigüedad virtud para llenar el saco y quizás acabe siendo hegemónico en la derecha; Vox, en su cruzada contra la democracia, no se quedará en una anécdota de señoritos andaluces de caballo, escopeta, perro y cortijo, nos traerá peligrosos quebraderos de cabeza

La anomalía transitoria instituida democráticamente el pasado viernes en Sevilla necesita de una profunda reflexión política y sociológica, que va más allá de la pérdida o ganancia del poder temporal en un determinado territorio. Tomemos nota.

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