Los niños del amor

Cada año nacen menos niños en nuestra tierra. Las cifras cantan. A día de hoy, el promedio de hijos por pareja no alcanza ni los dos. Es decir, ni siquiera eso que se llama tasa de reemplazo, que supone que el número de los hijos alcanzará para sustituir a sus padres cuando éstos falten.

Las causas de que esto suceda, sean las que fueren, no son, desde luego, exclusivas de estas latitudes. En todos los países de la Europa desarrollada el aumento de la prosperidad ha traído consigo el desplome de la natalidad. Así que no me convencen nada las explicaciones que recurren a la presunta penuria para explicar el fenómeno. Quiénes hoy pueden ser padres son mucho más ricos que sus abuelos y no digamos ya que sus tatarabuelos, que, con no poca frecuencia, contaban hijos más allá de la media docena.

La primera y fundamental causa de la escasez de nacimientos es que los padres pueden, en general, y a diferencia de lo que sucedía en tiempos de sus ancestros, decidir libremente el tamaño de su prole. El número de ésta lo decidía hasta hace bien pocas generaciones, más que nada, el azar y la salud de la madre. Y, por otra parte, pocos dudaban entonces de que procrear era parte esencial (quizás, las más esencial) del ciclo de la vida, a la que nadie debía sustraerse.

Hoy, la gente es infinitamente más libre y capaz, por ello, de dar a su vida mayor variedad de rumbos y de destinos. Y parece que estos pasan por satisfacer otras metas antes que por criar una prole numerosa. La apertura a la mujer de toda clase de horizontes profesionales, que pugnan con el que antes parecía ser su único destino, la maternidad, está, qué duda cabe, debajo del parón natalicio.

Ahora bien, la parte buena de todo ello es que la paternidad es hoy, esencialmente, una decisión puramente querida, voluntaria. El hijo llega fruto de una voluntad consciente y no por azar. Y precisamente por eso, por ser una presencia anhelada y no impuesta, se me antoja más fácil que sobre él recaiga en mayor medida la bendición del amor. Hoy, amigos, el amor es, por encima de cualquier otra cosa, el origen de las nuevas vidas. Así que, a lo mejor, por hacer cotizar este más al alza pasa, antes que por otras cosas, la solución al problema.

 

Otilia Seijas es escritora

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