El disputado voto

En 1978, apenas estrenada la transición, Miguel Delibes publicó su novela El disputado voto del señor Cayo. En ella tres militantes de un partido político recorren las tierras burgalesas repartiendo propaganda y pidiendo el voto frente a unas inminentes elecciones. En un pueblo decrépito encuentran a solo dos vecinos octogenarios. Uno de ellos es el señor Cayo, antiguo arriero, con el que entablan una fructífera conversación donde el abandono del rural y la muerte de los pueblos acaba siendo un grito primigenio de nuestra literatura democrática contra un problema que, cuarenta años después, en lugar de solucionarse se ha visto agravado.

Hoy, desde el interior de Lugo, bajando hasta el norte de Extremadura, dejando atrás los montes ourensanos y los páramos de Castilla-León, nada es nada en el paisaje decadente y en las aldeas abandonadas no hay ni votos que pedir, aunque cerca pasen las autovías, el ferrocarril de alta velocidad y los deshabitados monasterios hayan sido restaurados primorosamente con dinero público o las antenas de la telefonía móvil saquen sus cabezas por encimas de los bosques como si fueran emblemas de progreso.

Mientras el rural se muere o arde bajo el sol, es probable que usted, circulando por la carretera recién asfaltada, escuche en la radio de su coche las soflamas de esos políticos que se disputan los votos anunciando cierres de fronteras -los muros cimentados por Trump se elevan por todas partes-, y expulsiones de inmigrantes, empezando por los niños y niñas en desamparo. La tragedia, frente a esos disputados votos, no se hace sentir en las ciudades superpobladas donde la simiente de la intransigencia rezuma insolidaridad perfectamente medida por los emisores de la propaganda xenófoba. Estamos rodeados de muerte y no queremos verlo.

El desequilibrio demográfico de España no se soluciona con subvenciones, ni mejores accesos entre lugares, ni con planes de restauración de monumentos, ni con fiestas folklóricas… Se soluciona con el trasplante de gente, como en tiempos de Carlos III en Sierra Morena o en Las Alpujarras, o como se hizo con el proyecto republicano de Indalecio Prieto, del que se apropió el franquismo, conocido como Plan Badajoz que salvó de la diáspora la cuenca del Guadiana en los años cincuenta. Antes de la crisis del 2008 parecía que la inmigración hispana y norteafricana podría paliar la falta de nacimientos, de nueva población lozana, pero la codicia por el mendrugo de pan escaso ha acabado expulsando a la gran mayoría.

Ahora la guerra por el poder y la falsedad consciente de los argumentarios de la extrema derecha y sus sumados, arrancados al centro liberal, es la que no solo va a seguir impidiendo la repoblación necesaria, sino que continuará incrementando la expulsión de la ciudadanía española joven y cualificada a la busca de mejores horizontes, lejos de los territorios desérticos.

La mano de obra que necesita el campo ya es imposible de recolectar entre la que sobra en la grandes aglomeraciones ciudadanas. Ha de venir de fuera y debiera estar política y urgentemente planificada contando con la inmigración, a la cual deberíamos confiarles el disputado voto -ya inexistente- del señor Cayo en el rural.

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