El presidente pierde reputación

La querencia del presidente del Gobierno por el Falcon y otros símbolos de poder es evidente y transmite la imagen de que toda la parafernalia que le rodea es para él, en palabras del Alcalde Tierno, “señal de valer, pompa y boato, grandísimo sustento para el orgullo y pavoneo”.

La polémica está servida. La última se desató por el coste del viaje a Castellón en julio que la Secretaría de Presidencia cifró en 282,93 euros, una cantidad caricaturesca, aunque después aclararon que esa cifra correspondía a gastos de protocolo.

Pero también hay controversia con otros desplazamientos. Como el Jumbo fletado para la cumbre hispano-portuguesa en Valladolid, a 1 hora y 5 minutos en Ave; el helicóptero para asistir a una boda familiar en la Rioja; o el viaje vacacional a Lanzarote. Por cierto, el presidente de Irlanda también viajó a Canarias en Navidad, pero lo hizo en vuelo chárter y pagó él mismo los billetes de su “viaje privado”. Un internauta comentó en lenguaje coloquial que “el gesto de Michael Higgins dejó a Sánchez con el culo al aire. ¿Aprendería la lección?”.
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Dos anotaciones. Primera, uno entiende poco de leyes, pero en democracia no encaja que el coste de los viajes —a Castellón, a Valladolid, a La Rioja o a Canarias— sea declarado secreto oficial y que el dinero que pagamos todos no pueda ser conocido “por razones de seguridad”.

Segunda. Sin entrar en el examen de la acción de gobierno, que no resiste un análisis serio, con estos modos de nuevo rico el presidente Sánchez pierde reputación política y credibilidad, eso que en Galicia llamamos “creto”. Venía a regenerar la vida pública, a combatir la corrupción, a liderar la transparencia y la austeridad. Pero al tocar poder se instaló en un mundo de ostentación y lujo, alejado de la realidad de la calle.

No se sabe si padece algún extraño síndrome de la Moncloa, pero los ciudadanos perciben que algo pasa por la cabeza de un hombre que, poco después de aparcar su Peugeot, se comporta con extraña frivolidad, como si regresara a la inmadurez de la infancia política: tiene prisa por disfrutar de juguetes como el Falcon —pose a lo Kennedy incluida—, por viajar sin objetivos de Estado conocidos, al menos sin resultados, y por vacacionar de palacio en palacio.

Los asesores, antes de adularle, deberían recordarle que es mortal y que el Falcon puede ser como una metáfora del viejo dicho “cuanto más alta es la subida más dura será la caída”. Caída política, naturalmente.

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