El indulto

Si alguien piensa que este comentario versa sobre las medidas de gracia que pudiera conceder el Gobierno a los independentistas catalanes en el caso de ser condenados, que no siga leyendo. En los primeros días del año uno no está en condiciones de escribir sobre cuestiones trascendentes y presiento que a ustedes, lectores, tampoco les interesan hoy asuntos político-judiciales de tanto alcance.

El indulto al que voy a referirme es el que concedió el Gobierno el viernes pasado a las cabinas telefónicas, un invento vertebrador de las comunicaciones que desde los años veinte del siglo pasado formaban parte del paisaje urbano y rural de España.

Cayeron en desuso víctimas de la universalización progresiva del servicio de telefonía que dejó sin función a las 15.000 que quedan en España –unas 1.000 en Galicia– , que ni siquiera tienen utilidad como elementos decorativos urbanos por el vandalismo que se cebó con ellas.

La revolución tecnológica fue espectacular en el ámbito de las comunicaciones. Recuerden que en el último medio siglo aquellas centralitas telefónicas atendidas por telefonistas que manejaban con soltura las clavijas, gestionaban las llamadas entre vecinos y las conferencias interurbanas en nuestros pueblos desaparecieron con la automatización del servicio.

La primera central automática empezó a funcionar en A Coruña en 1967, después fueron llegando los teléfonos a los domicilios y en los últimos años asistimos a la eclosión de los móviles que dejaron a la telefonía fija tan solo como soporte de internet para el ordenador doméstico.

Las cabinas desempeñaron la noble función de dar soporte a largas conversaciones entre familiares, amigos, matrimonios o novios, facilitándoles “encuentros virtuales” para poder hablar. Seguro que esos recintos pequeños y minimalistas fueron testigos de declaraciones amorosas y de grandes promesas, de rupturas traumáticas y de reconciliaciones emocionadas. ¡Ay, si las cabinas hablaran!

El indulto las mantendrá en pie un año más. Pero el progreso y sus leyes llevarán consigo estos ‘referentes’ que desaparecerán del paisaje urbano dejando tantas vivencias que invitan a una inmersión en la nostalgia, en el recuerdo de un pasado más pobre.

Dicho esto, no intenten explicar a los jóvenes que ‘viven’ en la red que cuando ellos nacieron había que ir a una cabina para hablar por el teléfono que no teníamos en casa. No lo entenderán, para ellos siempre fue como ahora. Ese pasado precario no existe.

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