Tiempo de Navidad

 

Después de 700 años  de nostálgico destierro en Babilonia; cinco siglos más tarde de que Israel por decreto de Ciro, rey de Persia, retornara a la patria; en la 19 Olimpiada de Grecia; en el año 752 de la fundación de Roma; en el 42 del reinado del emperador Octavio César Augusto, y cuando una inmensa paz reinaba sobre la tierra, en Belén de Judá, pueblo humilde ocupado entonces por los romanos, en un pesebre, de María virgen, esposa de José, de la casa y estirpe de David, nacía hace 2018  años el Mesías y Salvador de los hombres que tanto ansiaban la llegada. Es la Navidad; la gran fiesta que el orbe cristiano que dispone a conmemorar estos días.

Como comenta el papa emérito Benedicto XVI en su obra “Jesús de Nazaret”, Jesús no nace y se presenta en la atemporalidad del mito. Pertenece a un tiempo que puede ser fechado y a un espacio geográfico que puede ser designado con precisión.

Bien se sabe que la razón por la que José va de Nazaret a Belén con su esposa María, que esperaba a su hijo, se encuentra en el censo que había ordenado el emperador Augusto, cuyo objetivo era determinar y recaudar impuestos. Un censo “del mundo entero”, según señala el evangelio de Lucas.

Por primera vez así de ambicioso se pretende. Por primera vez hay un reino que abarca todo el orbe. Por primera vez hay un gran espacio de paz en el que los bienes de todos pueden ser registrados y puestos al servicio del conjunto. Y en ese entorno de totalidad hace su entrada en el mundo el mensaje de salvación universal que nace con el Niño de Belén.

Por las condiciones de entonces, el censo hubo necesariamente de hacerse con lentitud. Según algunos entendidos, se extendió a lo largo de dos años y tuvo dos grandes etapas. La primera correspondería a los tiempos del nacimiento de Jesús.

Los interesados tenían que personarse en el lugar donde poseían bienes raíces. Es de suponer, pues, que José dispondría de algún terreno en Belén, de modo que hubo de ir allá para cumplir con lo preceptuado. Y es en ese desplazamiento cuando nace el primogénito que él, María y todo el pueblo de Israel esperaban.

No había habido para los padres lugar en la posada y tuvieron que refugiarse en una de las grutas próximas, habitualmente utilizadas como establo. En los evangelios no se habla de animales. Pero la meditación creyente llenó ya muy temprano el vacío remitiendo al buey y al asno que había profetizado Isaías.

Desde su propio nacimiento Jesús no pertenece al ámbito de lo que era importante y poderoso para el mundo de la época. En realidad, quienes en primer lugar tienen noticia de él y lo visitan fueron unos pastores, socialmente despreciados y considerados como poco de fiar, hasta el punto de que en los Tribunales no se les admitía como testigos.

Pero eran personas vigilantes. Por la noche velaban por turno sus rebaños. Escucharon el anuncio del ángel. Y “foron a correr”, como dice la versión gallega de la Biblia, para contemplar en primer plano la gran alegría de la Navidad.

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