Las humanidades

La separación entre la verdad y lo políticamente correcto manifiesta la profunda fractura que ha producido en la vida social la consideración totalitaria de la razón técnica. Entre otras razones, porque, aunque se postule una y otra vez, es prácticamente imposible la neutralidad moral en la ordenación de la vida pública. En cambio, es menester humanizar la razón técnica y la razón política como consecuencia del despertar de las iniciativas e impulsos vitales de las personas.

En el humanismo, el empeño por la propia libertad es lo esencial. Es una tarea, ésta, que no se puede improvisar, pues, como dice Llano, la libertad empeñada no es una mera libertad negativa. Es mucho más y exige una implicación de la persona en una comunidad de ciudadanos en la que, como señala este autor, sea posible aprender a ser libres, a base de enseñanzas y correcciones, de cumplimiento de las leyes, de participación en empresas comunes y de entrenamiento en el oficio de la ciudadanía. Para el humanismo no hay democracia sin comunidad de manera que el poder político, como señaló Burke, se fundamente en la libertad concertada de los ciudadanos, no en la dominación o la prepotencia, hoy por cierto tan presentes entre nosotros.

Pues bien, en punto a la necesidad de humanizar la tecnificada y artificial realidad que nos circunda cobran una especial relevancia las Humanidades. Desgraciadamente, el interés general por la literatura, la historia, la filosofía, la teoría de la ciencia o el arte es escaso. Mientras el interés general de los ciudadanos se centra en la vida digital, en los escándalos políticos y en la libre manifestación de la intimidad de los famosos, el abandono de las Humanidades ha ido parejo con la inhibición de la ciudadnía de sus responsabilidades en la conformación del escenario público. Es lógico porque las Humanidades facilitan esa aproximación crítica a la realidad social, constituyen un foco permanente de cultura, nos recuerdan nuestra deuda con el pasado e inspiran nuestra creatividad. Por eso, debemos tomarnos más en serio las energías latentes en la sociedad y recoger el dinamismo vital del mundo de la cultura. Es mucho lo que nos jugamos.

 

Jaime Rpdrçogiez-Arana es catedrático de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela

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