Fake news

 

Dicen quienes en ello andan que de aquí a 2022, es decir, a la vuelta de la esquina, estaremos consumiendo  en redes sociales más noticias falsas que verdaderas. Son las ya célebres fake news o noticias con apariencia de verdad, sin filtros  de comprobación por nadie, fáciles de compartir on line, donde lo falso se convierte en creíble y que pueden tener un alcance universal inmediato.

Su capacidad de difusión es un 70 por ciento más alta que las de las noticias ciertas. Y  mucho más rápida, con lo que se convierten en virales. Especialmente así resulta en las noticias políticas, cuya  expansión se multiplica por veinte respecto a las verdaderas. En nuestro país, por ejemplo, el 80 por ciento de la población se las cree y únicamente un 17 por ciento las distingue mal que bien de las ciertas.

Pero no preocupa sólo el número. Y es que lo sucedido en las elecciones que dieron a Trump la presidencia del país, en los debates que rodearon el nacimiento del bréxit, en la ofensiva contra las instituciones europeas y en otros relevantes acontecimientos mundiales como la revuelta de los chalecos amarillos en Francia, revela que no hay proceso político o social que no se vea afectado por la manipulación intencionada de la información.

Y ello, con los más variados objetivos: interferir entre Estados, hacer lobby, manipular la opinión pública, desprestigiar a personas o instituciones, mover creencias y emociones sociales, difundir extremismos, agitar crisis, contribuir a la ciberdelincuencia o al ciberterrorismo. Entre otros.

En los próximos dos años habrá más de cincuenta elecciones en los países de la UE, incluidas las del Parlamento europeo. Y en España, autonómicas en trece comunidades y locales. Tal vez por toda esta acumulación de procesos electorales y por la circunstancia de que los europeos somos los más propensos -56 por ciento- a caer en la trampa, a partir del 1 de enero próximo y al menos hasta la celebración de las europeas las grandes plataformas de Internet deberán informar mensualmente a Bruselas sobre los resultados de su combate contra las fake.

Es de recordar que el pasado octubre Facebook, Google, YouTube y Twitter suscribieron con la UE un código voluntario de conducta en el que se comprometieron a redoblar los esfuerzos contra las noticias falsas. Preveía una revisión anual. Pero se ha decidido estrechar el cerco y hacerlo mensualmente tras constatar el cercano riesgo de que los bulos digitales se multipliquen en los próximos meses y dando por descontado que el objetivo de los atacantes no será otro que desacreditar las instituciones comunitarias.

¿Cómo luchar con eficacia contra esta plaga que se nos ha echado encima? En este punto los interrogantes se acumulan sobre la mesa de los expertos. ¿Educación de los jóvenes en su capacidad crítica para que puedan distinguir lo cierto de lo falso? ¿Combatirla desde la misma tecnología que ha creado este monstruo mediante la aplicación de un algoritmo que detecte de inmediato la verosimilitud de los mensajes? ¿Concienciación y autorregulación por parte de los usuarios? ¿Todo al unísono a modo complementario? En todo caso, el remedio será cualquier cosa menos fácil.

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