El dedo

Por Andalucía han visto entrar el caballo de Atila enarbolando la bandera de la extrema derecha. Ya saben, donde pisa ese cuadrúpedo no vuelve a crecer la hierba en muchas décadas, por él y por quien lo cabalga. El dedo del destino ha señalado la escena con el temor corriendo por las venas del progreso y las sacerdotisas de la democracia se han rasgado las vestiduras mientras, en el sancta sanctorum, los sacerdotes del templo contemplan el dedo de la fatalidad en lugar de mirar al caballo y su jinete.

Vox-Atila se ha colado en el Parlamento andaluz anunciando que “la reconquista ha comenzado”. Esto es, el espejo del pensamiento totalitario que recorre el mundo ha llegado a España, avalado por un camino emprendido en la Unión Europea, en EEUU, en Venezuela, en Rusia, en Corea del Norte, en Turquía… El resultado final de la gran crisis de 2008 está dando sus frutos. Viene a caballo mientras los dirigentes democráticos analizan el dedo del destino con las lupas coyunturales del pan nuestro de cada día, sin acabar de entender que a cada hora que pasa tienen menos pastos bajo los pies.

La irrupción del partido ultraderechista Vox en los escaños del Hospital de la Cinco Llagas de Sevilla no es solo consecuencia de la impericia del gobierno autonómico de Susana Díaz, tampoco de la obsesión de Pablo Casado por escorarse hacia tendencias extremas, ni de las veleidades electorales de Albert Rivera saltando de un catecismo a otro, ni de la ayuda prestada por Teresa Rodríguez a la operación derribo del socialismo, aunque todos han contribuido a que más de trescientos mil andaluces crean que Vox es realmente “un partido de extrema necesidad para España” como pregona Santiago Abascal, su líder desgajado del PP más totalitarista.

Vox, como el franquismo, como el fascismo, como el cesarismo, como cualquier ismo que flote o duerma, estaba latente. Esas corrientes ideológicas llevan conviviendo con la humanidad desde la creación del primer grupo humano organizado y es absurdo e ingenuo pensar en su desaparición por muy fuertes que alcancen a ser las fuerzas democráticas y progresistas. Y, especialmente, como ha sucedido en el último siglo en España, donde casi la mitad del tiempo han dominado, controlado, y sembrado. Y permanecido pacientemente agazapados cuando el medio les ha sido hostil.

Si las teorías y las prácticas de la extrema derecha están calando en la sociedad del siglo XXI no es un simple avatar del tiempo, ni que les toque turno por mor de algún calendario universal. Las razones inmediatas podemos encontrarlas en el descontento generado por la crisis económica consecuencia del fracaso del capital, principal beneficiario de la misma. En la perspicacia de las derechas para acercarse al sol del ordeno y mando, que les es tan querido. Y en la falta de propuestas y del vigor de las izquierdas para llevarlas a buen fin, además de las permanentes divisiones internas y las confrontaciones ideológicas.

A todo ello también podemos añadir el descrédito, no inocente, que durante la última década se ha suscitado contra el ejercicio de la política por amplios sectores de la derecha y los presuntos indignados, quienes ya pisan moqueta y cambian de barrio. Añadamos también la corrupción endémica que mueve los hilos administrativos desde los visigodos, ahora visible gracias al poder de la comunicación. Sumemos el temor a una justicia cara, ineficaz y dependiente del poder de los partidos. Y hasta podemos poner la sal del adocenamiento de los sindicatos y la coyuntura del obtuso independentismo.

Con estas cartas sobre la mesa, los ases quedan en la manga de la extrema derecha. ¿Soluciones? No hay oráculo que las posea y mucho menos si, como estamos viendo y escuchando, el debate se limita a dilucidar quién se aliará con quién para sumar escaños y conquistar puestos de gobierno, poltronas de poder y recursos económicos. Si se limitan a mirar el dedo y alimentar el caballo, considerándolo un mal necesario e irremediable o una oportunidad. Sí, una oportunidad para crear un frente hegemónico de derechas, euroescéptico, nacionalista de viejo cuño centralista, machista y clasista… Un futuro que huele a naftalina.

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