Tres fotografías

La primera es del rey Juan Carlos que en noviembre fue fotografiado en Abu Dabi con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman. En la segunda está el presidente Sánchez luciendo palmito por la Habana Vieja con Díaz Canel, su homólogo cubano, y en la tercera el protagonista es el presidente chino, Xi Jinping, en el viaje oficial a España.

De las tres, solo se escucharon críticas a la foto del Rey Juan Carlos. Podemos, que apunta a la Monarquía como pieza a cobrar para demoler el modelo democrático, calificó de terrible esa foto porque “daña la imagen de España” y el portavoz de Ciudadanos, partido habitualmente comedido, señaló que “no era el momento de que se produjera ese encuentro ni esa foto”. Hasta un periódico publicó un comentario con el título “la foto de la vergüenza”.

Es verdad que el interlocutor del Rey era el heredero de un régimen que no respeta los derechos humanos y Mohamed bin Salman es el principal sospechoso de ordenar el asesinado cruel del periodista Yamal Khashoggi en Turquía. Son poderosas razones para rechazar ese régimen y a su representante. También para criticar esa foto.

Pero sorprende que quienes reprocharon al Rey Emérito el encuentro con Salman en un recinto deportivo no tuvieran la misma sensibilidad al ver retratados a los mandatarios españoles con los dictadores cubano y chino. El régimen cubano sobresale por seis décadas de represión cruel de los discrepantes, muchos descendientes de gallegos, por querer vivir en libertad. En China los derechos humanos empeoran y los deseos de libertad se “curan” en campos de reeducación. Ambas dictaduras son tan deleznables como la saudí.

Esto mismo lo saben también los mandatarios de países democráticos que miman a unos dirigentes de regímenes dictatoriales –Cuba y China– y repudian a otros –Arabia–, los tres igual de reprobables. Ocurre que la “diplomacia económica” impone la querencia al pragmatismo, nueva “razón de Estado” para hacer negocios, y deja el papel de “desfacer dictaduras” a los quijotes que aún quedan.

Con esa querencia hay que celebrar que España se posicione en Cuba, tan unida a Galicia, y que estreche relaciones comerciales con China. Abrir mercados para vender productos dinamiza la economía, da vida a las empresas y genera empleo en este entorno económico global.

Pero que conste en acta la doble vara de medir de la dirigencia de países democráticos que, cuando convine, mira hipócritamente para otro lado.

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